06 abr 2020

Ir a contenido
Ruth Rendell, en su casa de Londres, en el 2005.

AP

Ruth Rendell

Ramón de España

Para quienes no la conozcan, 'Una pizca de locura' puede ser una magnífica introducción a su obra

Menoscuarto Ediciones, una pequeña editorial de Palencia, acaba de tener el detalle de publicar el último libro, ya póstumo, de la escritora británica Ruth Rendell (South Woodford, 1930 – Londres, 2015), 'Una pizca de locura' ('A piece of folly'), que vio la luz en su país de origen en el 2017. Para los fans de Rendell, entre los que me cuento desde que la descubrí rebuscando en la biblioteca de la segunda residencia de unos amigos hace un montón de años, pues les estaba pegando una gorra de fin de semana y no me había traído nada para leer, resulta muy agradable volverse a sumergir en su confortable mundo de pesadilla, aunque solo sea para leer unos cuentos que tal vez ya leímos repartidos en los diferentes libros de narrativa breve que publicó la autora en vida. Para quienes no la conozcan, 'Una pizca de locura' puede ser una magnífica introducción a su obra.

Ruth Rendell fue una escritora muy prolífica. Publicó a su nombre más de cincuenta libros, y quince o veinte más bajo el seudónimo de Barbara Vine, con el que daba cancha a su vena sentimental, que la tenía, pero sin alejarse del todo del género negro, en el que destacó de una forma más que notable. Nunca fue una autora de culto como Patricia Highsmith, pero su visión del mundo iba en la misma dirección: la condición humana era capaz de todo tipo de atrocidades que no hacía falta juzgar, pues bastaba con mostrarlas tal cual, aplicando en ocasiones un retorcido sentido del humor a la existencia del mal. A la manera de su admirado Simenon, Rendell dividió su obra entre historias de género -las 24 novelas protagonizadas por el inspector Wexford, alma gemela del comisario Maigret- e intrigas psicológicas de mucho fuste que mostraban un profundo conocimiento del alma humana. Extremadamente popular en Gran Bretaña, en España nunca fue tomada muy en serio por la crítica, tal vez porque no la publicaba Anagrama, sino sellos con menos glamur.

La conocí a mediados de los años 90, cuando la revista 'Qué leer' me envió a Londres a entrevistarla, y pasé un rato estupendo en su compañía. No era especialmente simpática, pero todo lo que decía era muy interesante: me llegó al alma cuando me contó que se había divorciado de su marido para volverse a casar con él porque, en el ínterin, no había encontrado nada mejor. Su humor fatalista y siniestro empapa todos los relatos de 'Una pizca de locura'.