31 may 2020

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IDEAS

Estatua de Francesc Macià en la plaza de Catalunya con una mascarilla por el coronavirus.

FERRAN NADEU

Después de lavarnos las manos

Miqui Otero

En muchas ocasiones, la ciencia ficción se ha adelantado a la ciencia, del mismo modo que la imaginación suele ir por delante del conocimiento. Todo eso estaba ahí, pero una distopía ficticia o una crisis real lo evidencia

1. La noticia, hace ahora una semana, del cierre de los centros educativos por la amenaza del virus me cogió acabando una clase sobre ciencia ficción distópica en la universidad.

Los alumnos estaban agradeciéndome que los intranquilizara con una sesión que hablaba de cómo podíamos esperar lo peor de lo peor del futuro cuando uno de ellos, que había dado un cauto paso atrás, dijo: “Acaban de filtrar que chapan”. Un par de alumnos casi amagó con un aplauso, porque realmente el relato de esa clase no podía tener final más redondo. Sin embargo, dirigimos nuestros pasos hacia el baño para lavarnos las manos en silencio.

2. Pasados unos días, es evidente que todo esto se puede analizar a partir de las distopías, esa literatura especulativa que fabula posibles futuros catastróficos a partir de presentes precarios, enfermedades terroríficas en base a síntomas preocupantes en una sociedad que se percibe asintomática. Pero ahora mismo no solo ese género, sino cualquiera, podría servir para analizar esta crisis. Del mismo modo que existe un sesgo cognitivo en quien lleva una escayola para que vea solo a gente con escayolas, lo mismo sucede con alguien con miedo. Novelas de todo tipo podrían habernos avisado sin saberlo y, a día de hoy, la cita que en mi opinión mejor resume lo que está pasando aparece no en una novela de Stephen King o de Ballard, sino de Francis Scott Fitzgerald, en 'Hermosos y malditos': "Uno descubre que tiene las uñas sucias cuando se lava las manos".

No defiendo que la frase sea especialmente elocuente por lo mucho que cuidamos nuestra higiene dactilar ahora (yo mismo me las froto con tal insistencia que, a día de hoy, mis manos parecen Frigopies), sino por hasta qué punto una crisis sirve para evidenciar lo que ya sabíamos que fallaba, pero no queríamos ver. '1984' nos habla de els Fets de Maig y de los totalitarismos recientes o en marcha y Anthony Burguess tuvo aquella otra idea por algo que vio en la calle: una pareja caminaba junta, pero cada uno en su mundo, con los auriculares puestos.

El escritor de distopías es, les dije a mis queridos alumnos a más de metro y medio de distancia, es el canario en la mina: ese que sirve para detectar si hay fugas tóxicas, ese pajarito cuyo último acto de servicio, si fallece por ellas, es el aviso de que el resto no bajen. El autor de ciencia ficción anticipativa es, también, el primer ser humano del planeta que puso un 'post-it' en la cámara de su portátil. Es, en definitiva, un paranoico que busca ordenar lo que sucede y que, a menudo, acierta no por ser un buen adivino, sino por ser ultrasensible a lo que sucede aquí y ahora.

3. Acierta, porque, más que de un pasado idealizado o de un futuro horroroso, nos está hablando de nuestro presente. Con mis alumnos, ya en aquellas primeras horas de crisis cruda en nuestro país, pudimos comentar qué cosas que ya existían quedaban ahora más en evidencia. Los instantáneos brotes de racismo hacia los chinos cuando se destapó la crisis, primeros ERTES y menosprecio a los trabajadores (los que dan de comer, los que cuidan a los necesitados) de determinadas contratas de centros públicos, las primeras reclamaciones para socializar los centros de la sanidad privada, las grescas y duelos a primera gota de sangre en los supermercados por un rollo de papel, el oportunismo buitresco del márketing de las 'apps' de economía de recados (en concreto, ese anuncio de "no te la juegues", de Uber Eats). Encima de la mesa, antes de esta nueva situación, estaban las batallas legales de los 'riders' por sus derechos, la reivindicación de no recortar más la dignidad de la sanidad pública, las posibles consecuencias de gobiernos neoliberales en ocasiones escorados hacia la extrema derecha fascista, las crisis migratorias y el egoísmo, así, en abstracto, y el capitalista, asá, en particular.

Entendimos, pues, bien pronto que una pandemia como la que vivimos, y también una distopía, es como ese líquido de contraste que inyectas en un paciente para ver con más claridad todo lo tóxico, todo lo peligroso, todo lo extraño, todo lo malo, que hay dentro.

4. Descubrimos, aquel día, más ejemplos. En esa clase de literatura, me permití ponerles un clip del programa de Ana Rosa. Hace unos siete años, apareció una presentadora que acababa de perder a su marido agradeciendo los mensajes de duelo que había recibido en su rutilante teléfono móvil: dijo la marca, agradeció a la marca haberlos podido recibir y escuchar tan bien, pero luego se perdió en una retórica de 'coaching' (la del entusiasmo empresarial contra las adversidades) que estos días ha vuelto a sonar. También vimos un fragmento de la serie 'Years and years' y comentamos la noticia de las ya 200.000 cámaras instaladas en la calle por Putin.

No es que las distopías nos lean a nosotros, ni siquiera que tengamos que leerlas, sino que nos permiten leer el mundo con ojos necesariamente suspicaces. Desde aquella clase, han pasado muchas otras cosas. Una marca de comida basura podría 'salvar' (por favor, subrayen esta cursiva irónica) los comedores de los colegios públicos; se han excitado de nuevo conflictos nacionales y nacionalistas; se ha fomentado (como en '1984', como en 'Farenheit 451', como en tantas otras distopías) el ciudadano como poli más preocupado en denunciar a su vecino que a quien debe dar recetas económicas paliativas y sin recargo; han surgido minutos de odio en Twitter; se ha cancelado ya algún suplemento de papel de la prensa; la oposición ha dicho que el presidente "se parapeta en la ciencia" (parecía querer rescatar uno de los adagios del Gran Hermano: "ignorancia es fuerza") y, por encima de todo, los privilegios se han impuesto con una solemnidad wagneriana: sí, estamos juntos en esto, pero políticos y deportistas de élite acceden a la prueba sin síntomas, mientras otros muchos, algunos atormentados por su situación laboral y/o  su alquiler y/o esa tos seca, se mantienen a la espera de los teléfonos de atención sanitaria.

5. En muchas ocasiones, la ciencia ficción se ha adelantado a la ciencia, del mismo modo que la imaginación suele ir por delante del conocimiento. Todo eso estaba ahí, pero una distopía ficticia o una crisis real lo evidencia. Nos damos cuenta de hasta qué punto estaban sucias las largas uñas del mundo, donde sobreviven los virus, cuando nos hemos tenido que lavar nuestras manos, incluso los más responsables de todo, que se las lavan muy bien, superando los 20 minutos y frotando entre dedos, porque sucede que están muy acostumbrados.

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