25 oct 2020

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IDEAS

Pandemia humana

EFE / ANA ESCOBAR

Pandemia humana

Mónica Vázquez

Nos encanta pasar miedo. Apagamos las luces, nos encerramos en la habitación más oscura de nuestras mentes y nos abrazamos al horror. Cualquier excusa es buena: fantasmas, criaturas imposibles, maldiciones milenarias. Pero el horror que más seduce es aquel que reconocemos como posible, en un futuro no muy lejano. 'Terminator' aún nos hace gracia, pero 'Contagio' lo vemos ahora de manera distinta, casi como fuente de inspiración y, lo que es peor, de información; como si no ficcionáramos la vida real lo suficiente. Pero no podemos apartar la mirada, porque sabemos que no hay mayor peligro que el miedo, y el pánico es una epidemia global de la que no podemos escapar. 

Nosotros somos la enfermedad, el cáncer del mundo, y quizá la pandemia global sea la vacuna que la naturaleza ha encontrado para lidiar con nosotros

'Pandemic', el documental que Netflix sacó apenas unas semanas antes de que el Covid-19 se adueñara de nuestras vidas, nos enseña los entresijos de un mundo que aún vivía sin saber cuándo llegaría la siguiente pandemia. Y es ahora, por supuesto, de visionado casi obligatorio. Nos enseña, entre otras cosas, que no hay nada más terrorífico que el propio ser humano. Nada da tanto miedo como "la masa": un número indefinido de personas que pasan de verse a sí mismas como individuos que son parte de un grupo a un objeto sin cabeza que arrasa, consume y destruye lo que se va encontrando en el camino, sin conciencia y sin descanso. La humanidad se convierte en virus. Y no hay virus más letal que la humanidad. 

Porque, de cierta manera, nosotros somos la enfermedad, el cáncer del mundo, y quizá la pandemia global sea la vacuna que la naturaleza ha encontrado para lidiar con nosotros: la salvación del planeta. Nos cuesta imaginarnos como los malos de la película. Es mucho más sencillo vernos a nosotros mismos como las víctimas de un destino aleatorio que nos ha sido impuesto por circunstancias ajenas a las nuestras. Como si nuestro existir fuese la constante y los devenires de la naturaleza los aleatorios que atentan contra el común denominador que le da sentido y orden al universo. Pobres ilusos, que nos creemos tan importantes e indispensables cuando, en realidad, acabamos de aprender a lavarnos las manos.