23 sep 2020

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La ministra de Asuntos Económicos y vicepresidenta tercera del Gobierno, Nadia Calviño, el pasado 9 de marzo en Madrid.

JESUS HELLIN (EUROPA PRESS)

¿Crédito o transferencias? Esa es la cuestión

Albert Sáez

La cuestión es quien paga la factura de parar la producción por el coronavirus

Todos llevamos un entrenador dentro. Y ahora también un epidemiólogo. De manera que no se trata de convencerles de que en realidad nadie se ha equivocado sino que todos -expertos, políticos, empresarios, trabajadores, ciudadanos- se han movido intentado ponderar dos efectos del coronavirus: el ritmo de expansión de la pandemia y el coste económico y social de ralentizarlo. Ha habido mucha miseria política en este debate, un poco de todos, y muy especialmente de Torra, Díaz Ayuso y García Page, por poner ejemplos próximos. La versión narcisista del independentismo debería darse cuenta que el mundo no gira alrededor del procés. Igual el estado de alarma y su recentralización se ha hecho esta vez pensando más en el País Vasco, Galicia, Madrid o Castilla-La Mancha que no en Catalunya. Pero habrá tiempo de aclararlo. Igual tampoco es tan mala idea repartir el virus entre todo el sistema sanitario para evitar el colapso de las capitales. Los científicos ya sacarán conclusiones entre las dos escuelas que debaten estos días: la de los que quieren una epidemia más larga con un confinamiento más laxo y la de los que piden un confinamiento absoluto cueste lo que cueste. Y este es el nudo de la cuestión. Que implica un debate sobre el pago de la factura de esta pandemia.

Estamos viviendo una experiencia inédita. Estamos parando el mundo. Volviendo prácticamente a una economía de subsistencia. El confinamiento total de la población significa parar el país. Pedro Sánchez quiere que sean las empresas las que echen el cierre. Por eso no ha prohibido ir a trabajar. Lo cual es absurdo, porque estar en casa encerrado el fin de semana y el lunes ir a trabajar es menos efectivo. Pero si les ordena que paren, entonces hay que pagar la factura. Dicen los economistas que cada mes sin producción, son cuatro puntos menos de PIB. Serían unos 8 en dos meses, los mismos que perdimos en toda la crisis del 2008. Y si las empresas dejan de producir y de vender, dejarán de pagar. Nos encaminamos hacia una suspensión de pagos en cadena. Y aquí surgen de nuevo unas sanas discrepancias: la ortodoxia de Bruselas quiere sacar el bazoka de la liquidez. Es lo que ha hecho Trump. Se trata de fabricar dinero para que las empresas se endeuden y paguen a sus proveedores y de esa manera se consiga que el día 30 todo el mundo cobre el salario. Si no lo consiguen, sería el colapso. Pero las secuelas de ese aumento del endeudamiento pueden fulminar la parte más débil del tejido productivo: lo que no se ha producido y no se ha vendido, se ha perdido. Por eso duró tanto el Consejo de Ministros del sábado. Porque los políticos (Ábalos e Iglesias) se enfrentaron a los tecnócratas (Calviño y Montero) pidiendo que no se de liquidez sino que el Estado pague el parón, que se endeude y que luego esa deuda se convierta en perpetua en la caja fuerte del BCE. Vamos, que en lugar de aprobar miles de expedientes de regulación de empleo y de créditos a las empresas, se haga un cierre de caja, que no se paguen impuestos ni cotizaciones sociales hasta recuperar la actividad y que con el circulante se paguen los salarios y poco más. Que nadie pague a nadie y le carguen la cuenta al Estado. Apasionante.