06 abr 2020

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El debate sobre una infraestructura clave

Ilustración de Anthony Garner.

ANTHONY GARNER

Por un aeropuerto internacional e inteligente

Jordi Martí

El talento busca ciudades verdes y cohesionadas, lugares de alta calidad de vida y escala humana

El debate sobre el futuro del aeropuerto de Barcelona-El Prat ha levantado el vuelo. Las opiniones se dividen entre los que defienden el crecimiento de la infraestructura por el impacto económico que generaría y aquellos que se muestran reacios por las cargas ambientales que supone cargarse un humedal, e incrementar las emisiones. Entre los favorables, Maurici Lucena, en su presentación en el Círculo de Economía, subía el tono afirmando: “Limitar el crecimiento del aeropuerto es condicionar el progreso económico del territorio”. ¡Ahí es nada! 

Y yo me pregunto: ¿la causa del progreso económico de Barcelona es nuestro flamante aeropuerto, y si condicionamos su crecimiento la economía se resentirá? Empecemos por la historia reciente. El aeropuerto tiene una primera ampliación indispensable en el 92 (la actual T-2), que contribuyó, seguro, al despegue del turismo a partir de la segunda mitad de los 90. Pero a partir de ahí tuvimos que esperar hasta el 2009 (casi 20 años después) para disponer de la Terminal 1 y hacer un salto de escala. Barcelona exigía ser un hub internacional, quería la tercera pista, se impulsó la operación fallida de Spanair, o un plan Delta para facilitar las inversiones. AENA se hacía la remolona y convertía Barajas en el verdadero hub global, mientras Barcelona parecía condenada a los vuelos locales y al 'low cost'. Y atención, mucho antes del 2009 ya teníamos el 22@, el turismo se había consolidado, la Diagonal llegaba al mar, la 'marca Barcelona' se hacía un hueco internacional, y el Mobile World Congress se había instalado en la ciudad. Las inversiones llegaron cuando Barcelona ya hacía tiempo que era ciudad global. 

Completamente diferente al lejano 92

Vayamos al presente; la realidad actual de la ciudad es completamente diferente al lejano 92. Ahora ocupa posiciones destacadas en la mayoría de rankings urbanos, el turismo crece cada año (poniendo en peligro la capacidad de carga de la ciudad), estamos a la cabeza de las exportaciones, y el ecosistema de la innovación tecnológica y digital compite con las principales ciudades internacionales. La perspectiva de crecimiento del aeropuerto se dispara, y es lógico que AENA (parcialmente privatizada) quiera aprovecharse del tirón de Barcelona para aumentar facturación y beneficios. Por eso esta vez no han hecho falta encuentros, cenas de empresarios, ni manifiestos de las patronales, AENA ha puesto la zanahoria de más de 1.600 millones de inversión, sin que nadie lo haya pedido. 

Pensando en el futuro económico de Barcelona hay que preguntarse varias cuestiones: ¿cuál es el aeropuerto que hoy necesita la ciudad? ¿Necesita una infraestructura que siga creciendo o un aeropuerto que apueste por la calidad de sus conexiones y no por la cantidad de las operaciones? ¿Por qué Barajas ha sido un aeropuerto internacional rondando durante años los 50 millones de pasajeros, y en cambio Barcelona necesita mover 70 millones para mejorar ligeramente su conectividad internacional? Las ciudades del siglo XXI, atractivas para la implantación de la industria 4.0 o la economía verde y circular, y que basen su progreso en la innovación tecnológica y digital o la ciencia y la investigación, serán ciudades de ferrocarril y bicicleta, de humedales y ejes verdes, y de tranvía y patinetes. ¡No lo duden! El talento busca ciudades verdes y cohesionadas, lugares de alta calidad de vida y escala humana. Con turistas, claro, pero huirán siempre del monocultivo para evitar la banalización y la explotación de la ciudad.

El futuro económico de una Barcelona avanzada pasa por la calidad y no la cantidad. A los responsables de AENA les convendría leer con atención el manifiesto de Davos 2020 (supongo que la cumbre de los poderosos estará entre sus prescriptores), en el que entre otras cosas dice: “Una empresa cumple con la sociedad en general a través de sus actividades, apoya a las comunidades en las que trabaja y paga un porcentaje equitativo de los impuestos. Actúa como garante del universo ambiental y material para las generaciones futuras. Protege de un modo responsable nuestra biosfera y es adalid de una economía circular, compartida y regenerativa.” Quizá sea simplemente 'green washing', pero estaría bien que por una vez se aplicara la receta: necesitamos un aeropuerto internacional e inteligente, símbolo de nuestro compromiso con el planeta, la puerta de entrada a la Barcelona del siglo XXI.