26 nov 2020

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Análisis

Personas con mascarilla ante el riesgo de coronavirus hacen cola ante la oficina del padrón del Ayuntamiento de Valencia.

MIGUEL LORENZO

Cómo controlar una enfermedad nueva

Pere Puigdomènech

Si todo va como está previsto, esperemos que en noviembre de 2020 el COVID-19 sea un mal recuerdo

Hacia mediados de noviembre del 2019 un virus que estaba latente en poblaciones de murciélagos pasó, por una vía aún desconocida, a habitantes de la ciudad de Wuhan en China. La Organización Mundial de la Salud (OMS) informaba, ayer 11 de marzo del 2020, que hasta el momento había habido 118.000 casos de infección y 4.292 muertes en todo el mundo, con el Este de Asia (China, Corea del Sur y Japón) y Europa Occidental como los mayores focos. Su página web da una información exhaustiva sobre los diferentes aspectos de la enfermedad. Mientras, la investigación ha ido avanzando en el conocimiento de la biología del virus para ayudar a encontrar soluciones a la infección y el análisis epidemiológico de los casos observados ayuda a tomar medidas. Las decisiones que se toman tienen efectos sobre la vida de los ciudadanos y sobre la economía y es comprensible que se discuta sobre su justificación.

A finales de diciembre del 2019 se hicieron públicos datos que demostraban la aparición de la nueva enfermedad que la OMS ha denominado covid-19 ya que está producido por un virus de la familia de los coronavirus muy similar a un brote anterior, el SARS, originado también en China a finales del 2002. Por ello al virus se le ha designado como SARS-CoV2. El 7 de febrero se publicaron los datos del genoma del virus con lo que se abren nuevas perspectivas para el diagnóstico preciso de la infección, para el diseño de vacunas y para el uso de fármacos que se estaban usando ya contra otros virus.

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La investigación se ha ido llevando a cabo a gran velocidad y los datos se han ido publicando de forma abierta para su uso por parte de cualquier interesado. El hecho es que producir una vacuna necesita meses de trabajo. Su diseño puede ser rápido pero su desarrollo implica pruebas de eficacia y seguridad que requieren experimentos en el laboratorio o en animales antes de poder aplicarse a humanos y, aunque estas pueden simplificarse, todo necesita su tiempo. Del estudio de cómo el virus infecta las células humanas puede deducirse que algún fármaco disponible puede ser útil, pero no hay garantías de su eficacia contra el SARS-Cov2. Por tanto lo más eficaz para controlar la enfermedad es tratar de reducir el número de posibles infectados.

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Lo que se ha ido precisando gracias a la investigación en curso es un conjunto de parámetros que son esenciales para los modelos que ayudan a predecir el avance de la infección. Y ello sirve para tomar medidas dirigidas a retardar y reducir el número de enfermos. La forma como el virus se transmite entre individuos, el tiempo de incubación, quiénes son los más afectados y quiénes acaban teniendo los peores efectos son datos clave para la gestión de la infección. Por ejemplo, sabemos que en este caso afecta más a las personas de mayor edad que a los jóvenes. Todo ello se ha ido publicando a partir del análisis de los casos observados en China y permite a los gestores modular las decisiones que se tomen. Como la incidencia en la vida de las personas y el impacto en la economía son grandes, se puede entender que los gestores busquen una proporcionalidad en las medidas y una progresividad en su intensidad a medida que los focos se amplían.

Nuestra historia está repleta de epidemias causadas por virus o bacterias que se expanden por el mundo a partir de unos focos iniciales concretos. En la actualidad tenemos por una parte unos sistemas de vigilancia y de toma de decisiones que nos permiten reaccionar en poco tiempo y de forma que pensamos que es la más eficaz posible. Por otra parte el mundo globalizado en que vivimos en el que millares de personas se desplazan yendo de un extremo a otro en menos de un día hace que medidas como la contención o la cuarentena sean difíciles de aplicar y de ser aceptadas.

La alternativa sería no hacer nada. Con una mortalidad de covid-19 alrededor del 2%, si se llegara a un millón de infectados morirían quizá 20.000 personas, la mayoría de edad avanzada y con patologías previas. Quizá a alguien le parecería un coste aceptable. Pero entre todos hemos decidido que las muertes que pueden ser evitadas lo sean en la mayor medida posible y por todos los medios a nuestro alcance. Ello implica una organización a nivel global que se coordine con organizaciones locales, el uso de todos los medios de estudio de que disponemos y la toma de decisiones que a veces nos complican la vida. Pero si todo va como está previsto, esperemos que en noviembre del 2020 el covid-19 sea un mal recuerdo.

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