Al contrataque

La calma

No me parece que haya cundido el pánico y la mayoría de los comentarios y recomendaciones acaban con alguna broma sobre la muerte. Es bueno hablar de la muerte, demuestra que uno todavía no le tiene demasiado pánico

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Media entrada en la Rambla de Barcelona, una de las arterias más turísticas de la capital catalana. 

Media entrada en la Rambla de Barcelona, una de las arterias más turísticas de la capital catalana.  / RICARD CUGAT

No somos un país de alarmistas, lo cual es una prueba irrefutable de nuestra pertenencia al primer mundo y a una sociedad de privilegiados. Todavía no hemos llegado al nivel de refinamiento de los franceses que cuando se desata la alarma del coronavirus lo primero que se les ocurre es ir a una librería a comprar un ejemplar de 'La peste' de Camus, una novela genial, como todo Camus -incluso sus primeros ensayos como 'Noces' y 'L’été', escritos a los 20 años, reflejan ya una visión del mundo completa y original, ya todo está ahí-, escrita hace más de cincuenta años.

Aquí las mentes más privilegiadas del país pasan semanas discutiendo sobre el talento y la vigencia de Galdós sin que nadie que yo conozca (y que no lo haya hecho ya) tenga la menor intención de leerlo.

Es cierto que Camus alcanzó al estatus de estrella de rock, algo muy poco habitual entre los escritores y solo posible en un país tan preocupado por el estilo, los intelectuales y el atractivo físico como Francia.

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La fotografía de Albert Camus con un cigarrillo entre los labios, el abrigo con el cuello levantado y la mirada irresistible, inteligente y socarrona, es tan mítica como cualquiera de las de Marilyn Monroe, James Dean o Marlon Brando. Incluso se han hecho postales de ella que se venden en las librerías de la Rive Gauche junto a las de Rimbaud, Proust y Kafka, tres estrellas de rock también, surgidas mucho antes de que se inventase ese género musical.

Aquí llega el coronavirus y la mayoría de la gente no se rasga las vestiduras ni se pone de manera automática en lo peor. Es cierto que no nos lanzamos a comprar libros, porque tampoco hay que pedir milagros, aunque si lográsemos que la gente leyese por placer un libro al mes o un libro cada dos meses, el país cambiaría de verdad.

No creo que los quiscos empezasen a vender postales de Miguel Delibes, pero la vida de muchas personas se expandiría y mejoraría, se sentirían menos insatisfechos y solos. Los que leemos de forma asidua lo hemos repetido tantas veces que ya parece un lugar común, pero es la verdad: leer ahuyenta la soledad y la pena.

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En el centro de Barcelona solo he visto una persona con mascarilla, una joven turista oriental. En las tiendas, las peluquerías, los gimnasios y los supermercados no se habla de otra cosa, pero no me parece que haya cundido el pánico y la mayoría de los comentarios y recomendaciones acaban con alguna broma sobre la muerte. Es bueno hablar de la muerte, demuestra que uno todavía no le tiene demasiado pánico. A partir de cierta edad deberíamos hablar de la muerte durante cinco o seis minutos al día. Y el resto del tiempo leer a Albert Camus. O a Galdós, al menos.