04 jun 2020

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Dos miradas

La banalidad

AFP / LLUÍS GENÉ

Las casas de moda más sofisticadas personalizan mascarillas, estampan su logotipo o escriben 'mask', una redundancia chic. Las venden carísimas y resulta que agotan sus existencias

Es una tendencia secular. ¿Qué hacían los romanos mientras los bárbaros estaban en las puertas del imperio? ¿Y a qué dedicaban el tiempo en Versalles justo antes de la decapitación? En muchos momentos, ante la inminencia de un mundo que se acaba - y, con este mundo, se acaban los asideros que permitían un equilibrio cotidiano - la tendencia de unas determinadas élites ha sido esconder la cabeza bajo el ala y actuar con la decisión tremebunda del avestruz. Es decir: continuar como si nada, como si el mundo real, el que se impone a las antiguos costumbres, no existiera.

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Ahora, además, se añade la ostentación. Es decir, la exhibición de la frivolidad. Todo el mundo sabe que las mascarillas no sirven para nada, si no eres una persona que tenga el virus o un personal sanitario. Todo el mundo lo sabe, excepto las casas de moda más sofisticadas, que personalizan mascarillas (con una imagen de la boca y la nariz de quien la lleva), estampan su logotipo (incluso de conjunto con una pieza de ropa), o escriben 'mask', una redundancia chic. Y las venden carísimas (una media de 80 dólares) y resulta que agotan sus existencias, porque muchos quieren lucirlas. La banalidad antes del precipicio.