30 sep 2020

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Análisis

Una mujer pasea en bici, con mascarilla, por Milán.

AFP / MIGUEL MEDINA

Italia, o cómo no actuar frente al Covid-19

Andreu Claret

La lección de la experiencia italiana es clara: sin atajar la cadena de contagios, vamos a la catástrofe

La hecatombe que sufre Italia es una oportunidad para aprender algo sobre el coronavirus y es también la ocasión para reflexionar sobre el papel del Estado en la gestión de la globalización. Italia nos ha enseñado lo que no conviene hacer. Las administraciones del norte menospreciaron inicialmente las advertencias sobre los peligros del coronavirus, como si esto solo les pudiera ocurrir a los chinos. Imbuida de una lógica muy del norte, la mayoría de la sociedad tampoco adoptó ninguna medida cuando surgieron los primeros casos. Es más, cuando el Gobierno reaccionó, tarde y mal, aislando la Lombardía y otras provincias ricas, muchos jóvenes tomaron trenes y aviones hacia otros países o hacia la 'Italia povera'. Un desastre de descoordinación administrativa, que ha colapsado el sistema sanitario y ha abierto en canal las miserias de un Estado carcomido por las políticas de Silvio Berlusconi. También ha demostrado la futilidad de aquella idea, tan italiana, según la cual no hace falta Estado porque la sociedad se basta a sí misma.

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La lección de la catástrofe italiana es clara: sin atajar la cadena de contagios, vamos a la catástrofe, ya que una baja letalidad multiplicada por millones de contagiados llevaría a cifras pavorosas de victimas por fuertes que sean los sistemas sanitarios (donde no los hubiere, podría conducir a situaciones como la gripe española del 1918 que mató a 50 millones de personas con una letalidad similar a la del Covid-19). De ahí que todas las indicaciones destinadas a cortar esta cadena y contener el virus, como las que recomiendas las autoridades sanitarias españolas, sean las bienvenidas.

En España, el liberalismo darwiniano no está tan extendido. De ahí que el Gobierno y las autonomias hayan gestionado la crisis con un tempo más adecuado y mayor coordinación. Aunque tampoco ha faltado quien ha menospreciado la magnitud de lo que se nos venía encima. Basándose en la necesidad cierta de denunciar el alarmismo, algunos medios de comunicación banalizaron la amenaza durante un par de semanas. Algunos se empeñaron en presentar el coronavirus como una gripe algo más correosa, de baja letalidad, y que solo mataba por encima de los 70 años (sic). Por suerte, esta etapa parece superada y empieza a existir una conciencia cívica sin la cual las medidas implementadas no serian efectivas. Por cierto, la sociedad china ha dado una lección al mundo, asumiendo un autoaislamiento que, dadas las circunstancias, es una prueba de solidaridad con los más vulnerables.

Atajar la proliferación del virus exige una buena coordinación entre las autoridades sanitarias del Gobierno y las de las comunidades autónomas. Hasta el momento, parece que ha existido. Requiere una información útil, pedagógica, que rechace la alarma infundada pero que descarte también toda forma de negacionismo. Empieza a haberla. Y pide a gritos que la UE adopte protocolos comunes que permitan cercenar el virus a escala continental y evitar unos daños colaterales que podrían fragilizar aún más nuestras sociedades. Se trata de un reto global que demanda "hacer lo que haga falta donde haga falta", como dijo el presidente, Pedro Sánchez, después de hablar con sus colegas europeos.