30 mar 2020

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El drama de los refugiados

El presidente turco, Recp Tayyip Erdogan, durante una comparecencia el pasado 7 de noviembre.

ATTILA KISBENEDEK (AFP)

Secuestrados por Erdogan

Carlos Carnicero Urabayen

El presidente turco quiere un nuevo acuerdo con la UE y el apoyo europeo en la guerra en Siria

Poco han cambiado las cosas tras la visita de Erdogan a Bruselas, un encuentro que ha servido para acordar mantener los canales abiertos para resolver la crisis migratoria. Los valores europeos permanecen secuestrados por la voluntad del líder turco. La dependencia europea para lidiar con la inmigración, el asunto político más sensible de todos, sitúa a la UE en un territorio moralmente complicado.

Cayeron fuertes lluvias sobre los sistemas políticos europeos en el 2015 cuando más de un millón de refugiados llegaron a Europa. Las consecuencias son conocidas: una crecida de la extrema derecha sin precedentes y una creciente mimetización del discurso ultra por parte del centro derecha europeo.

¿Cómo explicar que la presidenta de la Comisión Von der Leyen utilizara un lenguaje de guerra –ahora algo matizado- para alabar las duras formas de la policía griega frente a los refugiados, mujeres y menores incluidos? Sólo la debilidad puede explicar que la insólita idea de suspender la capacidad de recibir peticiones de asilo en Grecia haya esquivado la crítica de Bruselas.

Vista al pasado

Volvamos al 2015: es sabido que después de la tormenta llega la calma. La UE encontró en el 2016 un tapón turco para frenar las goteras en su tejado político y social. Ankara se comprometió a hacerse cargo de los refugiados a cambio de dinero y otras concesiones que Europa no ha cumplido (por ejemplo, facilitar el turismo de ciudadanos turcos o a establecer un sistema de acogida para los refugiados más vulnerables). Europa ha reubicado a unos 25.000 desde entonces. Turquía acoge a casi cuatro millones.

Estos años de relativa calma migratoria podrían haber servido para fortalecer a la UE y reducir su dependencia de regímenes como el turco. Si se comparten fronteras externas y no hay barreras dentro de la UE, parece inevitable que existan unas mismas reglas sobre quien tiene derecho a vivir en Europa.  

La UE no ha aprobado una política común de asilo. No parece tampoco alarmada por ello. La presión migratoria que experimentan Italia, Grecia y España debería ser compartida. Pero no hay tal política y así estamos: subcontratando la gestión de la inmigración a Erdogan y pendientes de sus chantajes.

Población envejecida

Los parches de la UE no están a la altura de su realidad geográfica, económica y demográfica. Tiene unos vecinos bastante más jóvenes y pobres en la frontera sur que no dejarán de intentar llegar a Europa. ¿Quién renunciaría a ello? Sin inmigración, la envejecida población europea habría disminuido en el 2017 y 2018. Con 447 millones de habitantes, la UE podría hacer de la necesidad virtud y consolidar una estrategia migratoria que engrase su economía y cumpla con el deber moral y legal de dar asilo a los perseguidos.

Erdogan quiere un nuevo acuerdo con la UE y también el apoyo europeo en la guerra en Siria, un conflicto demasiado largo y cruel en el que Bruselas parece sorprendentemente resignada a no pintar nada. Si la UE quiere reducir su debilidad necesita unidad y reformas, empezando por una política de asilo.