02 jun 2020

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ANÁLISIS

Messi, en el partido ante la Real Sociedad de este sábado.

JORDI COTRINA

Últimamente, si yo fuera Messi...

Jordi Puntí

Últimamente, cuando veo jugar al Barça con ese aire tristón, me viene a la cabeza un pensamiento negro. Si yo fuera Messi, me digo, me iría del club a final de temporada. Haría uso de esa cláusula misteriosa que hay en el contrato y me buscaría un equipo donde pudiera divertirme un poco más. Tamaña blasfemia ya me había asaltado antes, cuando el Barça de Valverde parecía jugar a no perder y perdía, pero ha vuelto ahora, en los momentos en que el equipo de Setién parece haberse valverdizado —como en algunas fases del sábado ante la Real Sociedad.

En realidad, las razones por las que el Barça se convierte a ratos en un equipo triste y agónico, que juega a trancas y barrancas, son variadas. Algunas las ha heredado Setién de su predecesor, como ese interés cada vez más relativo en los jugadores del Barça B. Así, en una alineación que no consigue regatear, en la que solo Messi se atreve a jugarse el uno contra uno, estaría bien apostar un poco más por Ansu Fati, por Riqui Puig.

La obsesión

Otras vacilaciones son de su propia cosecha, como esa obsesión por sacar el balón desde atrás, desde tan atrás que Ter Stegen pronto será uno de los mejores pasadores de la Liga. Por alguna esencia mal entendida, a veces se está jugando en el centro del campo y el balón vuelve hacia atrás, de nuevo al portero —¡casa!—, como si cada vez todo tuviera que empezar desde cero. Es ciertamente una afirmación de personalidad, pero también tiene algo de antinatural y forzado, quizá porque todo ocurre tan lejos del área de influencia de Messi. Podríamos llamarlo fútbol masoquista.

A medida que avanza la Liga, resulta claro que hay dos situaciones que se arrastran desde el inicio. Una es la presencia innegociable de Busquets, que a su edad lo juega todo y, tal como apuntaba hace poco Van Gaal, dificulta que De Jong tenga más peso en el juego, quizá como mediocentro. El otro dilema es la presencia intranscendente de Griezmann, su dificultad para encajar en el equipo, agraviada por el privilegio que supone su titularidad indiscutible, aunque no siempre merecida.

Callejón sin salida

A veces pienso que este cúmulo de incidencias podría resolverse con una buena racha, con una victoria de prestigio, y a eso nos agarramos los aficionados. A eso y a la clasificación. El contrapunto, claro, es que ese fútbol lento, que en lugar de ilusión transmite sufrimiento, termine por alienar definitivamente a Messi y llegue ese instante fatídico en que sí, piense en la posibilidad de...

Claro que entonces me lo imagino calculando las ventajas e inconvenientes de una decisión tan difícil: la fuerza de la costumbre, sus amigos, la ciudad, los colores... Incluso lo veo valorando la mala suerte con las lesiones de sus compañeros. Si yo fuera Messi, me digo luego, no me iría del Barça a final de temporada, pero haría todo los posible —dentro de la legalidad— para que se fueran los que han convertido este club y este equipo en un callejón sin salida, una broma de mal gusto. Y entonces me pregunto si todavía existe el hotel Hesperia, en Castelldefels, y si sus salas de reuniones son discretas y agradables.