8-M: Día de la mujer trabajadora

El sueño feminista

Igualdad en el trabajo productivo y reproductivo, nuevos modelos de masculinidad y el fin de la violencia machista. Estas son las bases sobre las que queremos construir nuestro sueño feminista

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Marcha feminista del pasado 8-M, en la Via Laietana de Barcelona.

Marcha feminista del pasado 8-M, en la Via Laietana de Barcelona. / FERRAN SENDRA

Llega el 8 de marzo y con él muchas salimos a ocupar calles y plazas, con ilusión, optimismo, rebeldía y alegría, pero también con rabia e indignación al tomar conciencia de que, en pleno siglo XXI, seguimos reivindicando la quimera feminista de tantas predecesoras, que no es otra que, como afirmaba Angela Davis, la idea radical de que las mujeres somos personas

Desde el 2018 nuestra lucha está más viva que nunca al incorporarse a ella las mujeres más jóvenes. Mujeres que nos sentimos amenazadas, entre otras cosas, por manadas violentas y machistas que nos impiden ejercer nuestros derechos en libertad. Por todo ello, debemos seguir avanzando, ahora con el anteproyecto de ley de libertades sexuales, que junto a la Ley de Violencia Integral de 2004 y el Pacto de Estado contra la Violencia de Género nos permiten imaginar un país en el que hayamos ganado la guerra a la violencia machista, que ha asesinado a 1.048 mujeres desde el 2003, 14 de ellas en los 68 días transcurridos en 2020.

Perspectiva de género

Este 2020 es especial, ya que celebramos 25 años de la IV Conferencia Mundial de las Mujeres en Pequín, donde se introdujo por primera vez la necesidad de incorporar la perspectiva de género en el conjunto de las políticas públicas, reconociendo así que las mujeres, que somos la mitad de la humanidad, tenemos el derecho y el deber de poseer la mitad de todo. Y es necesario recordar esto, porque las mujeres todavía seguimos sufriendo discriminación por el simple hecho de ser mujeres. Así, aunque hemos trabajado siempre, lo hacemos mayoritariamente en puestos feminizados, reproduciendo en el espacio público el sistema de géneros tradicional (segregación horizontal). Nos topamos con el techo de cristal y el suelo de cemento armado, que nos impiden llegar a los espacios de poder (segregación vertical), y la brecha salarial nos condena a cobrar el 29% menos que los hombres por el mismo trabajo, alcanzando la diferencia de ingresos el 37% en las pensiones por jubilación. Contra estas discriminaciones legislaremos con una ley de igualdad salarial.

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Debemos recordar también que la situación no es diferente en el espacio privado, donde las mujeres invertimos cinco horas diarias en el trabajo reproductivo, frente a las dos de los varones. Necesitamos avanzar en corresponsabilidad, y para ello los hombres, víctimas colaterales del sistema patriarcal, deben reinventarse mediante nuevos modelos de masculinidad. La equiparación de los permisos de paternidad a los de maternidad puede y debe ser el inicio del cambio.

En definitiva, igualdad en el trabajo productivo y reproductivo, nuevos modelos de masculinidad y el fin de la violencia machista. Estas son las bases sobre las que queremos construir nuestro sueño feminista. Un sueño que no es más que el de una sociedad basada en la igualdad y en la democracia. En la idea radical de que las mujeres somos personas.