Análisis

Una segunda transición en la Iglesia española

La designación de Omella como presidente de los obispos marca un nuevo rumbo en la Conferencia Episcopal

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El cardenal Joan Josep Omella en la sede del Arzobispado de Barcelona, en el 2016.

El cardenal Joan Josep Omella en la sede del Arzobispado de Barcelona, en el 2016. / JULIO CARBÓ

Por primera vez en la historia un obispo de Barcelona, o de una sede catalana, ha sido elegido presidente de la Conferencia Episcopal Española. Y no es que antes nos hubieran faltado candidatos, pero la acentuada centralidad geográfica española y la desconfianza hacia una Iglesia marcadamente catalana les hacía caer siempre en el último momento. También es verdad que ahora ya hacía tiempo que se iba viendo que el cardenal Joan Josep Omella, en Barcelona, y el cardenal Carlos Osoro, en Madrid, representan el estilo del papa Francisco en España. Y por eso ahora han sido elegidos presidente y vicepresidente respectivamente. Siete años después de la elección de Francisco la Iglesia española deja de ser el último vagón del tren de Europa y ahora se quiere poner activamente en la vía.

El cardenal Omella, con todos los defectos y limitaciones que quieran, representa en estos momentos un camino hacia una postura más abierta y dialogante; y en este sentido la avala la manera prudente con la que ha entrado en la iglesia catalana, con un tono siempre conciliador. No es que su antecesor al frente de los obispos, el arzobispo de Valladolid, Ricardo Blázquez, de carácter moderado, fuera mucho más diferente que ellos; pero sí se veían como muy diferentes los candidatos que competían ahora con ellos dos. El arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz; el cardenal de Valencia, Antonio Cañizares; o el obispo de Bilbao, Mario Iceta, intuían claramente como la sombra del cardenal Antonio María Rouco y, por tanto, de una Iglesia alineada con los sectores más conservadores, anclada en el pasado y nostálgica de los privilegios.

Ahora ya podemos decir que se ha cerrado esta página de la historia y que hay que situarnos en un nuevo contexto. Quizás la Iglesia comienza una nueva Transición. Como muy bien a dicho el cardenal Omella en sus primeras declaraciones: "la Iglesia no quiere privilegios, quiere servir y ayudar a la sociedad en igualdad de condiciones que los demás, respetando su propia libertad y nosotros respetando la libertad de los demás". Muy parecido a lo que dijo el papa Francisco pocos días antes de Navidad: "Ya no estamos más en la cristiandad. Hoy no somos los únicos que producimos cultura, ni los primeros, ni los más escuchados. Por ello, necesitamos un cambio de mentalidad pastoral, que no significa pasar a una pastoral relativista. No estamos ya en el régimen del cristianismo porque la fe –especialmente en Europa, pero incluso a gran parte de Occidente– ya no constituye un presupuesto obvio de la vida en común; de hecho, a menudo es incluso negada, burlada, marginada y ridiculizada".

Nuevos retos

Entre los muchos retos que deberá afrontar el cardenal Omella al frente de los obispos españoles, en subrayo dos. Primero, el de restablecer unas relaciones cordiales y respetuosas con el nuevo gobierno español, autocalificado de "progresista". No puede ser que, como hemos visto últimamente, todo se haya de acabar con la vicepresidenta Carmen Calvo yendo a Roma para arreglar los conflictos. Recordemos el último asunto con la disputa por Valle de los Caídos y los restos del dictador Francisco Franco. Todas estas cosas a la nueva Curia del papa Francisco no les gusta nada y todo se ha de arreglar en casa. En este sentido Omella encontrará una gran ayuda en el nuevo nuncio de la Santa Sede en España, el diplomático filipino Bernardito Ausa, que está considerado como uno de los hombres más dialogantes de la diplomacia vaticana y que justamente acaba de llegar después de una experiencia bien positiva como representante del Vaticano en las Naciones Unidas. 

Muy pronto la Iglesia española deberá asumir cambios importantes en el campo social, como –por ejemplo– la próxima ley de la eutanasia, y Omella deberá calmar las aguas entre sus compañeros. Me gusta recordar, con respecto al conflicto actual entre España y Catalunya, que Omella también fue uno de los hombres propuestos y que intentó mediar entre ambos gobiernos en torno a la crisis política del referéndum del 1 de octubre del 2017.

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Un segundo reto importante que deberá afrontar, más a nivel interno, es el de ir configurando el episcopado español al estilo del papa Francisco. Y tendrá trabajo, dado que, en los dos próximos años, más de una treintena de diócesis españolas han de quedar vacantes y habrá que buscar candidatos con el nuevo perfil que propone el Papa, mucho más pastores y muy lejos del carrerismo eclesiástico y de la meritocracia. 

Como hemos dicho antes, encontrará buena ayuda con el nuncio pero también con la oportunidad que le da el hecho de ser uno de los miembros más activos de la Congregación vaticana de los Obispos, la que se dedica precisamente a proponer el nombre de los candidatos al papa. Si lo hace con el mismo acierto (y discreción) que ha tenido en la elección de sus propios obispos auxiliares o con el nuevo arzobispo de Tarragona podemos estar bien contentos.