LIBERTAD CONDICIONAL

Fascismo de izquierda, feminismo de pega

Las mujeres no somos un colectivo. Somos la mitad de la población.

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Fascismo de izquierda, feminismo de pega

EFE / NICOLÁS RODRÍGUEZ

La gente olvida –o desconoce– que fue el propio Lenin el que acuñó la expresión 'fascismo de izquierda'. Una etiqueta que se está recuperando, desde Habermas a Peter Sloterdijk, para hablar de cómo desde una presunta izquierda se han mezclado y batido, como en un túrmix, teorías neoliberales o de derechas, para vendernos como izquierdistas o… ¡feministas! posiciones irracionales o profundamente antidemocráticas.

Las mujeres no somos un colectivo. Somos la mitad de la población.

Un «colectivo» de «putas libres» no puede vendernos la «regularización» de la prostitución como feminismo. La prostitución en España es alegal, es el proxenetismo lo que no queremos regular. Y estas chicas no son putas libres. Para empezar, ni siquiera son putas, desde el momento en que son libres.

Una puta es alguien que está allí por contrato, y un contrato te obliga a cumplir un acuerdo pactado, aunque hayas decidido retirarte de él en el último momento. Una mujer que libremente llega a un acuerdo privado con una persona para mantener sexo a cambio de lo que sea (afecto, un viaje, una cena, una joya, dinero…) no es una puta.

Un «colectivo» de «feministas islámicas» no puede vendernos a la extrema derecha panárabe como feminismo. Ni gente que no sabe diferenciar una 'aleya' de una 'sura' o de un 'hadith' puede llamarme a mí islamófoba. Si una monja católica quiere usar un cilicio o una integrista islámica quiere llevar un velo, yo no les puedo prohibir llevarlo. Sí puedo decir que ninguna ideología (ideología no es religión) que crea que la mujer es la que provoca al hombre, y que debe ir cubierta o castigarse por ello, es feminista. El Corán en ningún momento exige que la mujer se ponga un velo, y por eso musulmanas que todas conocemos como Rania de Jordania o las princesas de Marruecos no lo han llevado jamás. No todo el Islam es integrista.

Un «colectivo» LGTBIQ no puede decirme que los vientres de alquiler son feministas. La maternidad no es un derecho. Y, por lo tanto, ese no-derecho no debe estar por encima del derecho a la filiación de un bebé (el derecho de cualquier persona de conocer su identidad y a su madre) y el de la protección de las personas más vulnerables. Porque la posibilidad de elección individual viene determinada por la posición socioeconómica que se ocupa en la actual sociedad de mercado.

Un «colectivo» de familias 'trans' no le puede enmendar la plana a un neurocientífico. Si un neurocientífico puede afirmar sin problemas que no está de acuerdo con que se le administre metilfenidato o anfetaminas a un menor para tratar un TDAH (hay quien lo dice, hay quien no), ¿por qué no puede decir que los análogos de la GnRH –los bloqueadores de la pubertad– tienen efectos en la memoria y en la función cognitiva y que son peligrosos para un cerebro en desarrollo? La controversia y el riesgo están ahí, y no se puede llamar transfóbo a cualquiera porque sí.

Que determinados «colectivos» estén utilizando sus reivindicaciones en absoluto feministas para que funcionen cual cortinas de humo que ocultan cuestiones urgentes (brecha salarial, conciliación laboral, techo de cristal, trata, justicia patriarcal, derecho al aborto y a la contraconcepción…) y que, para colmo, acusen de fascistas, transfóbas, e incluso viejas (eso sí que lo soy, mira tú) a cualquiera que se atreva a disentir es fascismo de izquierda.

Pero es que el engaño ideológico más perverso tiene lugar cuando un fascista acusa a su opositor de fascista, como si se estuviera proyectando en un espejo.

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(PS:  Manda ovarios que tenga que explicarlo, pero yo sí creo que las mujeres 'trans' son mujeres. De ahí a comulgar con ruedas de molino, un mundo)