El cierre

Para la boca, ¿mano o mascarilla?

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Eder Sarabia, en el entrenamiento de este viernes.

Eder Sarabia, en el entrenamiento de este viernes. / ENRIC FONTCUBERTA (EFE)

He visto un enlace de actualizaciones informativas de última hora sobre el coronavirus, patrocinado por una casa de apuestas y con el rótulo intermitente de «directo». Así es todo lo serio y todo lo en broma que nos tomamos, conciudadanos, un virus epidémico como este que nos ocupa (más de lo que nos preocupa). Porque estos han sido días para quedarse en casa confinado, en clausura. 

En la privacidad y la seguridad del hogar uno puede decir las cosas que siente, con la intensidad y la entonación que corresponde, sin necesidad de ponerse la mano sobre la boca. Sin que nadie te pueda reprochar que quién eres tú para ponerte así o para decir eso. 

Los que habitualmente celebran empates son los que más se atreven a cuestionar a otro con la utilización de la expresión «a quién le ha empatado». Quizá puedan salir jugadores y técnicos al campo con las mascarillas y así resolver dos agentes externos que generan honda inquietud. Cuando se argumenta como error el hecho de que un jugador o un entrenador no se tape la boca al expresarse se hace al mismo nivel de reproche que a quien no estornuda en la cara interna del codo. Como no se haga, subimos el grado de alerta.

Acto de contrición

La secuencia de autos posteriores a la aparición de las imágenes de Eder Sarabia en el Bernabéu debería provocar un fuerte acto de contrición con el fin de poder resetear y empezar otra vez. Algo, por otra parte, necesario, teniendo en cuenta que ya llevamos años en los que, en términos generales, se aprueba que alguien está ejerciendo de sagaz por el hecho de evitar que la gente sepa lo que está diciendo, lográndolo con un gesto que el intelecto del ser humano crea, pone en práctica y deja en desuso entre los cinco y los diez años de edad biológica. Una convicción argumental se convierte en mensaje voluntario hacia un receptor, pero a la vez reconocemos públicamente que nos avergonzaría su conocimiento público, una actitud que pudiera dejar en exagerada la certeza de que hay un 30% de separación entre el mapa del genoma humano con el del chimpancé. 

Luego está lo de criminalizar al medio de comunicación. Ver a un cuerpo técnico desenvolverse en el banquillo durante un partido y apreciar sus mensajes en el ejercicio de su profesión, en un entorno abierto que alberga a 80.000 espectadores, puede calificarse de vergonzoso y merecedor de ser erradicado. Los clubs argumentan que cómo se les puede «agredir» así, si ellos pagan (¿?) el espectáculo (¿?) y dejan entrar las cámaras al estadio, un gesto tremendamente generoso que, de no decidirlo así, les devolvería a fechas anteriores a 1959, fecha de la primera retransmisión televisiva de un partido de fútbol en nuestra liga.  

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Los equipos reclaman que el banquillo es un entorno de intimidad, película de la misma filmoteca que "El vestuario es sagrado" y "sus secretos deben guardarse". Lo sagrado, lo oculto y lo íntimo otra vez en el mismo cáliz. Solo les falta agruparse por diócesis.