Al contrataque

Historia humana de un desamor

En Perpinyà ya se faltaron al respeto en público. Confesaron que no se querían y vinieron a decir que si no fuese porque tenían atrapado conjuntamente en una jaula amarilla al pajarillo que les da el poder romperían

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Pere Aragonès y Quim Torra, en la reunión del Consell Executiu.

Pere Aragonès y Quim Torra, en la reunión del Consell Executiu. / JOAN CORTADELLAS

Siempre había sido una pareja mal avenida. Ante la gente fingían pero se deseaban muy poco porque no se gustaban. Les excitaba competir por quien dominaba y -clásicos- a quien le correspondía  más pasividad. En el fondo su pulso era por mandar, por tener más. Desde fuera les jaleaban para que sonriesen juntos, que se besasen y en definitiva que copulasen. Pero cuando ellos se miraban a los ojos ni siquiera estaban de acuerdo en la postura, quién más bien arriba y quién más bien abajo (descartaban alternarse, ponerse de lado o hacerlo de pie o sentados). Ni siquiera  coincidían en sí de cara o de espalda. Son cosas que pasan, ustedes ya lo saben.

Aunque no se querían coincidían en que querían lo mismo. Lo tenían todo para ser un buen matrimonio de interés, pero no se veían como una pareja de futuro indefinido y eso les bloqueaba. Cada uno alimentaba cuidadosamente suspicacias, memorizaba los desencuentros. En el fondo solo les impulsaban a seguir juntos las ambiciones, que eran excluyentes, y el clamor interesado del entorno pidiéndoles unidad, recordándoles que por separado ni serían nada ni conseguirían nada.

El paso del tiempo es duro para lo que no es auténtico. Cada vez les costaba más mantener la ficción. Por separado les explicaban a los respectivos amigos primero anécdotas, luego pequeños agravios, más tarde ofensas. Al principio susurrándolo y reclamando secreto, luego el "no se lo digas a nadie" precedía a incomprensiones, más adelante a desprecios del tipo "ahora me viene con esto".

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La noticia es que en Perpinyà ya se faltaron al respeto en público. Confesaron de mil maneras que no se querían, y vinieron a decir que si no fuese porque tenían atrapado conjuntamente en una jaula amarilla al pajarillo que les da el poder, el dinero y el protagonismo que disfrutan romperían. Perpinyà también ofreció otro espectáculo: la gente que les quiere también ha dejado de hacer teatro y son dos bloques que pese a sus intereses comunes tampoco se quieren y cruzan reproches. Después de Perpinyà ya han llevado ese faltarse al respeto al mismísimo Parlament. Ya ni siquiera les mantiene juntos el odio al enemigo común; lo tienen más o menos disimulado pero por separado. Cada uno lo encara a su manera: negociando acuerdos para mitigarlo y azuzando conflictos para endurecerlo, pero la pareja lo subordina todo al nuevo odio que preside sus vidas, que es el mutuo.

Dentro de poco tiempo muchos de los que han sido hasta ahora sus seguidores jaleadores tendrán la oportunidad de reaccionar y actuar contra la pérdida incoherente de tiempo alentando ficciones. Hasta ahora en cada elección han cerrado los ojos ante eso. Tal vez ahora entenderán de una vez que la pareja mal avenida también les tiene encerrados a ellos en la jaula amarilla.