27 sep 2020

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La clave

La policía griega bloquea a un grupo de inmigrantes en Mitilene.

AP / Panagiotis Balaskas

El escudo de Von der Leyen

Joan Cañete Bayle

La Europa de los principios grandilocuentes, convertida en un mero club de comerciantes, tan solo puede ofrecer a los refugiados un escudo y la compasión de Von der Leyen, siempre al otro lado de la frontera

La cúpula de la Unión Europea (el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, la de la Comisión, Ursula von der Leyen, y el del Europarlamento, David Sassoli) viajó a la frontera entre Grecia y Turquía para escenificar su apoyo al Gobierno griego por la forma en la que está impidiendo la entrada de refugiados al país (y, por tanto, a la Unión) después de que Turquía decidiera abrir su frontera hacia Europa. Por tanto, la UE se hace corresponsable del uso de gases lacrimógenos contra hombres, mujeres y niños; de la suspensión de la Convención de Ginebra y el derecho humanitario; del maltrato policial a los refugiados que logran cruzar la frontera, que denuncian palizas y robos, y que son enviados de regreso a Turquía.  "Agradezco a Grecia por ser nuestro escudo europeo”, dijo Von der Leyen.

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Según la RAE, entre otras acepciones, 'escudo' significa "amparo, defensa, protección". Es curioso que Grecia se erija en el escudo de la UE ante unos refugiados que buscan justamente eso, amparo, defensa y protección. Como en términos bélicos no hay escudo sin espada (o garrote), mientras la policía griega se emplea como arma defensiva de la UE, la extrema derecha se despliega como el arma ofensiva, apaleando a refugiados y oenegés que los ayudan en Lesbos. Si la UE necesita defenderse con un escudo de los refugiados que tratan de cruzar sus fronteras, tendrá que protegerse también de los que ya lograron entrar. La extrema derecha no surge de la nada.

Uno de los grandes juegos de trilero de la historia es que esa Europa que ideó mil maneras de matarse en su seno, que inventó el racismo, el supremacismo, el colonialismo y el genocidio, se convirtiera después de la segunda guerra mundial y el Holocausto en la garante de los derechos humanos en el mundo. Era un embuste, como apreciamos hoy, cuando el problema está en sus fronteras y no en algún país remoto. La Europa de los principios grandilocuentes, convertida en un mero club de comerciantes, tan solo puede ofrecer a los refugiados un escudo y la compasión de Von der Leyen, siempre al otro lado de la frontera. Y luego miramos por encima del hombro a Donald Trump.