29 oct 2020

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IDEAS

Una imagen del ’reality’ de Netflix ’Love is blind’

El amor es ciego

Mónica Vázquez

Usamos el amor como un consolador, aferrándonos a él sin poner ningún esfuerzo, haciéndole responsable único de nuestra felicidad

El amor es ciego. El amor todo lo puede. El amor es la fuerza que mueve el mundo y le da sentido a nuestras vidas. El amor es lo único que importa y el centro del universo que cada uno de nosotros habita. El amor. Cuántas cosas se habrán dicho del amor a lo largo de la historia, cuánta fingida perfección se ha podido volcar sobre un sentimiento inexplicable, generándonos una tullida necesidad de sentirlo, sea como fuera. Tanta, que da miedo enamorarse. Tanta que, de hacerlo, nos imaginamos a nosotros mismos como héroes en una tragedia griega. Héroes que deberían ser recompensados por haberse atrevido a latir con fuerza.

Queremos enamorarnos, pero parece que hemos olvidado cómo hacerlo. Parece que hemos olvidado que el amor no es una droga, ni tampoco una cura. No es ni enfermedad ni antídoto. Ni guerra ni paz. El amor es un trabajo como otro cualquiera; un esfuerzo constante que nos atrapa y nos libera, una fuente de inspiración, una quimera que pasea con nosotros por las calles de nuestras vidas, intentando mantener el ritmo. Pero el amor, como todos los conceptos, como todos los absolutos que hemos aprendido a relativizar a golpe de existir en un mundo compartido, ni es ciego, ni todo lo puede.

'Love is blind' es un 'reality' de Netflix que explora la idea del amor como un elemento no sólo más allá del sentido de la vista, sino de la propia vida. Encierra a sus concursantes en una burbuja de irrealidad, pidiéndoles que se enamoren sin verse, eliminando todas las variables del mundo real. Cortando todo contacto con el exterior y pensando tan solo en las palabras que salen del otro lado de la pared, los concursantes se enamoran de una idea, de un 'quizás' que no siempre se traduce a la realidad de sus vidas.

Quieren que el amor no nos juzgue, que no nos vea. Pero, aun si así fuera, el amor no es huérfano: es el producto de nuestras almas, de nuestro existir. Y nosotros existimos en el mundo real, aunque no queramos. Vivimos en un mundo cínico y desesperado. Y abrazamos la ficción, y nos engañamos pensando que la magia del amor nos salvará del infierno que hemos creado. Usamos el amor como un consolador, aferrándonos a él sin poner ningún esfuerzo, haciéndole responsable único de nuestra felicidad. El amor no es una droga que nos eleva por encima del bien y del mal. Podría ser, eso sí, una invitación a ser más de lo que somos. Pero no le pidamos al amor que sea huérfano de todo contexto, porque si le pedimos al amor que exista más allá del mundo real, nunca nos lo encontraremos en el supermercado. Y por ahí no paso.