24 oct 2020

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Análisis

Miles de migrantes esperan para entrar en Grecia desde Turquía. En la foto, la frontera en Pazarkule.

ALEXANDROS AVRAMIDIS / REUTERS / VÍDEO: EFE

Europa traiciona sus principios... otra vez

Ruth Ferrero-Turrión

Lejos de revertir la dinámica de externalización, criminalización y militarización de las políticas migratorias, ahora a todo ello algunos países le suman la utilización del derecho comunitario para negar el derecho de asilo

A pesar de que no hacemos más que repetirnos que hay que aprender de los errores pasados, parece que el dicho de “el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra” se cumple en todos sus términos. Esta primavera se cumplirá un lustro del comienzo de la crisis de gestión del refugio en las fronteras europeas. Entonces la Unión Europea no fue capaz de dar una respuesta basada en derechos, al drama humanitario que estaba sucediendo en su propio territorio. Si por algo se ha querido caracterizar el proyecto de integración europeo ha sido por la distinción con otros centros de poder como Estados Unidos, China o Rusia en lo referente a la protección de esos derechos y a su fidelidad a una serie de valores plasmados en el artículo 2 de los tratados.

Entonces se decidió mirar para otro lado. Se escucharon los cantos de sirenas que propusieron la firma de un acuerdo mediante el que, a cambio de una buena suma de dinero, Turquía se ofrecía a contener los flujos migratorios procedentes del conflicto sirio. Ese acuerdo, tal y como advirtieron en su momento las organizaciones de derechos humanos, aunque redujo el número de llegadas a través del mar Egeo, sin embargo, incrementó exponencialmente la mortalidad de aquellos que intentaban dar el paso. De nuevo, Europa miró hacia otro lado, solo se fijó en los fríos números y pensó que este proceso de externalización fronterizo había sido una gran idea.

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Ya entonces, con este acuerdo entre los estados miembros de la UE y Turquía se vulneraba el derecho internacional y más concretamente el derecho a la no devolución (en caliente) o 'non-refoulement'. Esto significaba una vulneración evidente del Estado de derecho, puesto que a todos los países de la UE se les supone respetuosos con las normas internacionales, por eso es considerada una isla de derechos en un mar de discrecionalidad, iliberalismo y autoritarismo.

Pues bien, Turquía, o mejor dicho, su presidente Erdogan, decidió, como era de esperar, utilizar como arma geopolítica a toda esa población que quiere escapar de un conflicto que ya dura demasiado en Siria. Su apelación a la ausencia de apoyo en la región por parte de sus aliados de la OTAN es su argumento. Es curioso, si no fuera tan dramático, que en una época de sofisticación tecnológica, de guerras híbridas y posmodernas, estemos siendo testigos de la utilización de una de las armas más poderosas, las poblaciones, como elemento de presión política.

Sin embargo, lo más sorprendente e insultante de lo que estamos siendo testigos son las medidas que están adoptando algunos de los países europeos en relación con esta nueva crisis humanitaria. Lejos de revertir la dinámica de externalización, criminalización y militarización de las políticas migratorias, ahora a todo ello le suman la utilización del derecho comunitario para negar el derecho de asilo. Grecia ha sido el primero en suspender el asilo, pero no será el último, puesto que Bruselas lo ha apoyado sin fisuras. Si había miedo a una ola iliberal en Europa, sin duda, esto le da todavía más alas.