23 sep 2020

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La mesa de diálogo

Aragonès, Torra y Sánchez, al inicio de la mesa de diálogo, este miércoles en la Moncloa. 

DAVID CASTRO

Victoria (táctica) de Sánchez

Joaquim Coll

La mejor noticia para el presidente es que el Govern haya aceptado que la solución del conflicto va para largo y que Torra dijera en la rueda de prensa que los independentistas en ningún caso se levantarían de la mesa

Si alguien pudo salir satisfecho tras la constitución de la mesa de diálogo fue Pedro Sánchez. Ha logrado estabilizar la legislatura porque los integrantes acordaron seguir reuniéndose una vez al mes y establecieron un plazo de medio año para que los presidentes y vicepresidentes de ambos Gobiernos vuelvan a participar en dicha mesa para “hacer balance y dar un nuevo impulso a las negociaciones”. Los enormes desacuerdos políticos de fondo se maquillaron bajo un clima de cordialidad y buenas palabras. Eso significa que habrá Presupuestos para el 2020 y que el Gobierno de PSOE y Podemos podrá sacar adelante una serie de medidas legislativas que impriman contenido social a la legislatura.

La mejor noticia para Sánchez es que el Govern haya aceptado que la solución del conflicto va para largo y que Torra dijera en la rueda de prensa que los independentistas en ningún caso se levantarían de la mesa. También desde el punto de vista de la imagen internacional la foto de la reunión le va bien. Cada vez que Carles Puigdemont diga pestes de la democracia española habrá quien le recuerde que hay en marcha un proceso de diálogo en el que se puede hablar de todo. Otra cosa es que la ley haya que respetarla, también en España.

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Tras las elecciones en Catalunya, que serán antes o inmediatamente después del verano, se abrirá otra etapa y a esa mesa le llegará el momento de la verdad. Sánchez confía en que entonces haya una nueva correlación de fuerzas en el Parlament que permita abordar “salidas imaginativas” en el marco de la Constitución porque lo que nunca va a aceptar es el supuesto derecho de autodeterminación. Pero seis meses es una eternidad en política y, en un momento en el que todo es tan fluido, la táctica lo va a devorar todo. Tras la reunión en la Moncloa, la pelota regresa a Catalunya en medio de una crecida lucha entre ERC y JxCat por la hegemonía del espacio soberanista. El acto de Puigdemont en Perpinyà será el pistoletazo de salida de la precampaña electoral, una convocatoria que puede estar tan condicionada por la inhabilitación de Torra en el Tribunal Supremo como por el calendario del suplicatorio que tiene que resolver el Parlamento Europeo sobre los eurodiputados prófugos.

La victoria (táctica) de Sánchez es también un triunfo del PSC que puede argumentar, como hizo su portavoz Eva Granados en Twitter, que la única receta política que funciona es la de los socialistas: diálogo, negociación y pacto. Aunque lo último está por ver y más bien hoy parece improbable, que haya diálogo hasta el aburrimiento no es poca cosa. La sociedad catalana lo exige porque los problemas que tenemos (sociales, económicos, medioambientales, etc.) son de tal magnitud que no podemos seguir atrapados por el 'procés'. Para ello hay que llevar a cabo en paralelo un diálogo interno ya que se ha creado un problema de convivencia entre catalanes, de falta de reconocimiento de los derechos de la otra parte (fíjense en el abuso de protesta en la Meridiana, por ejemplo). Pero de este otro diálogo, los independentistas no quieren ni oír hablar. Siguen enganchados a la mentira del 80%.