02 abr 2020

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análisis

Imagen de la mesa de diálogo Gobierno-Generalitat, con Pedro Sánchez y Quim Torra.

DAVID CASTRO

Para caminar primero hay que gatear

Josep Martí Blanch

Es suficiente con que la primera reunión haya servido para recordarnos, a todos, el valor de cruzar palabras

El 20 de septiembre del 2012, Artur Mas se marchó del palacio de la Moncloa sin comparecer ante la prensa. Acababa de recibir el portazo definitivo de Mariano Rajoy a la propuesta del pacto fiscal y decidió que, rota cualquier posibilidad de negociación, el divorcio definitivo debía trasladarse al campo de la imagen. Prefirió dar explicaciones a los medios de comunicación en el Centre Blanquerna, sede de la Generalitat en Madrid. Han pasado siete años y cinco meses para que un presidente de Catalunya, Quim Torra, haya vuelto a ponerse delante de un micró en la Moncloa. Como no estamos para despreciar nada, apuntemos la relevancia del hecho y sumémosle el simbolismo de que fuese invitado a comparecer ante los medios en la sala de prensa que normalmente se reserva a los mandatarios extranjeros y con traducción simultánea.

Lo que ha pasado no es poca cosa. Una mesa de negociación que reconoce la existencia de un problema político es lo que andaba buscando el soberanismo desde que dio inicio el ‘procés’. Y ahí está, vivita y coleando. Puede menospreciarse de entrada, claro. Pero es lo que se quería y se quiere. Todo lo demás, como dijo la eurodiputada Clara Ponsatí, era un farol. Con consecuencias injustas y desastrosas para sus protagonistas, pero un farol. 

Los que maldicen la mesa desde el soberanismo lo hacen desde la convicción de que no sirve para nada. Justo lo contrario de los que la aborrecen desde el otro lado. Para más de la mitad de los periódicos que se venden en un kiosko de Madrid la mesa es una traición, una legitimación de la sedición y Pedro Sánchez un cómplice de los golpistas a los que se aferra por necesidad.

La lógica de vencedores y vencidos

Unos y otros se equivocan porque andan aún atascados en su lógica de vencedores y vencidos, de ganarlo todo o perderlo todo. Y si algo han demostrado estos ocho años de ‘procés’ es que, como reconoció el propio Pedro Sánchez en su reciente visita al Palau de la Generalitat, el balance de casi una década entera se resume en que todos hemos salido perdiendo.

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La mesa es un principio. La primera reunión, como cabía esperar, no ha servido para nada más que para estar sentados en el mismo sitio y a la misma hora y añadir que a partir de ahora se reunirán de nuevo cada mes. ¡Pues vaya pérdida de tiempo!, dirán algunos soberanistas. ¡Vaya desvergüenza, entregar España de este modo al separatismo!, añadirán los apóstoles de Santiago y cierra España.

Y, sin embargo, la razón democrática ampara a los que están sentados y quieren seguir estándolo. La democracia es el imperio de la ley, de acuerdo. Pero ese imperio tiene los pies de barro si olvida que las armas para defenderlo son la palabra y a través de ella los acuerdos. Es suficiente con que la primera reunión haya servido para recordarnos, a todos, el valor de cruzar palabras. Para caminar hay que gatear primero. Y también celebrar cuanto antes las elecciones en Catalunya para que el liderazgo de la delegación soberanista no siga en manos de un pato que pasó de cojo a inválido desde que compareció a finales de enero para dar por acabada la legislatura y su presidencia.