28 oct 2020

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MUERE EL EXPRESIDENTE DE EGIPTO

Mubarak, en el palacio presidencial de El Cairo en el 2011.

REUTERS / Amr Abdallah Dalsh

Mubarak: puño de hierro y mano izquierda

Ignacio Álvarez-Ossorio

El mayor acierto del 'rais' fue su capacidad de adaptación ante un contexto internacional cambiante y, sobre todo, su decisión de mantener su alianza con EEUU

Hosni Mubarak pasará a la historia como el presidente ('rais' en árabe) más longevo en la historia reciente de Egipto. Durante su largo mandato, el 'rais' gobernó el país con puño de hierro pero también con mano izquierda, lo que le permitió perpetuarse en el poder más tiempo incluso que sus dos predecesores juntos: Gamal Abdelnaser (1954-1970) y Anuar Sadat (1970-1981). Quizás su mayor acierto fue su capacidad de adaptación ante un contexto internacional cambiante y, sobre todo, su decisión de mantener su alianza con Estados Unidos en un periodo de transición desde el mundo bipolar de la Guerra Fría a otro de carácter netamente monopolar.

El 'rais' no dudó en continuar la senda emprendida por Sadat, quien tras la guerra de Yom Kippur en 1973 se alejó del bloque soviético y se acercó a Estados Unidos. Gracias a ello, Egipto se convirtió en el principal aliado regional de Washington en un momento de especial relevancia, ya que la intervención soviética en Afganistán en la década de los 80 aceleró el final de la Guerra Fría y consagró a Estados Unidos como megapotencia mundial. Tras la invasión iraquí de Kuwait en 1990, Mubarak no dudó en enviar sus tropas para liberar el pequeño emirato petrolífero, lo que apuntaló la alianza egipcio-americana.

Los acuerdos de Camp David

En lo que respecta a Israel, Mubarak respetó escrupulosamente el Acuerdo de Camp David de 1979. Dicho tratado consagraba el principio de ‘tierra por paz’, que se tradujo en la recuperación por parte de Egipto de la península del Sinaí ocupada por Israel durante la guerra de los Seis Días a cambio del establecimiento de plenas relaciones diplomáticas. El precio a pagar fue elevado, ya que Egipto fue expulsado de la Liga Árabe y su sede fue trasladada de El Cairo a Túnez. A pesar de que la invasión israelí del Líbano propició la expulsión de la Organización de Liberación de Palestina del país de los cedros, Mubarak mantuvo contra viento y marea dicho acuerdo. No obstante, las relaciones bilaterales entre ambos países se resintieron tras las intifadas de 1987 y 2000 reduciéndose los intercambios bilaterales al mínimo.

Por último, Mubarak se reconcilió con Arabia Saudí, que gracias al 'boom' petrolífero de mediados de los 70 se había convertido en la principal potencia del mundo árabe. De esta manera abandonó su estéril enfrentamiento con la monarquía saudí, con la que Egipto había librado una auténtica Guerra Fría durante las décadas de los 50 y los 70 para hacerse con las riendas del mundo árabe. Este acercamiento le permitió atraer inversiones millonarias y, más importante aún, favoreció su retorno a la Liga Árabe en 1989.

No obstante, el balance de la política exterior de Mubarak no puede considerarse, ni mucho menos, exitoso, ya que Egipto se vio obligado a renunciar a sus ambiciones hegemónicas y tuvo que resignarse a ocupar una posición subalterna convirtiéndose en un actor regional menor sin capacidad real para liderar el mecanismo de toma de decisiones árabe ni para influir en el curso de los acontecimientos.

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