06 abr 2020

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Dos gobiernos en situaciones diametralmente distintas

Pedro Sánchez y Quim Torra durante su reunión en la Generalitat el pasado 6 de febrero. 

FERRAN NADEU

El diálogo, primer acto

Anna Cristeto

La negociación será larga y difícil, en el mejor de los casos, pero es un punto de partida

El próximo miércoles la Moncloa acogerá el primer acto de la mesa de diálogo acordada entre el Gobierno español y la Generalitat. Tras algún desajuste por la elección de la fecha, ambos acudirán con puntos de partida alejados -amnistía y autodeterminación versus propuestas de la llamada agenda del reencuentro- pero con voluntad de superar esta primera foto. Se esperan pocos resultados de este encuentro inicial, aunque debería servir como mínimo para hacer planteamientos después de años de tensión y ausencia de interlocución.

El presidente del Gobierno ya advirtió esta semana que la negociación será larga y compleja. Eso, en el mejor de los casos. Acudirá a la cita junto a dos vicepresidentes, Calvo e Iglesias, y tres ministros, Illa, Castells y Darias. Aunque el propio Sánchez ha reconocido que lo más sensato es empezar con temas fáciles de acordar, la arquitectura del equipo que le ha acompañará deja entrever que no se trata de una toma de contacto inocua. El problema político catalán ya fue uno de los causantes del insomnio ocasional de Sánchez a la hora de tejer su alianza con Unidas Podemos, si bien ahora parece que van alineados y el objetivo es gobernar, exhibir unidad y salir indemnes de los primeros roces ministeriales.

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La parte catalana, que sigue sin confirmar nombres más allá de los sillones del 'president' Quim Torra y del vicepresidente Pere Aragonès, acudirá en un momento vital diametralmente opuesto al del otro lado de la mesa. El Govern tiene fecha de caducidad y solo se sostiene para sacar adelante los presupuestos del 2020; la unidad que se ha escenificado en varias ocasiones ha ido corroyéndose con el tiempo para acabar saltando por los aires ante la disyuntiva del escaño de Torra. Y los roces han sido numerosos a lo largo de la legislatura.

Tampoco se descarta que la representación catalana se abra a miembros que no formen parte estrictamente del organigrama del Govern, pero desde el ejecutivo se escudan en que se está trabajando para acordar la mejor “fórmula” entre los socios.

Acuda quien acuda, la mesa de diálogo echará a andar con un futuro incierto, sea por el efecto inminente del calendario electoral catalán o por los objetivos que tengan en ella cada uno de los interlocutores.

Y, como de costumbre, lo que suceda puertas adentro no podrá aislarse nunca del ruido que acompañará a todas las reuniones. Desde filas socialistas se han esforzado en recalcar la importancia de no desaprovechar esta ocasión, conscientes de que los votos de ERC son necesarios para aprobar las cuentas y afianzar la legislatura. Por ello, más allá de la próxima reunión, sus planes pasan por estar más presentes en Catalunya y dar respuesta a las inquietudes que le han trasladado agentes sociales y representantes de la sociedad civil.

Sin embargo, es en el seno del independentismo donde este diálogo, del que nadie se quiere descabalgar, está viviendo un encaje más complicado. Por un lado, el presidente Torra ha exigido la figura de un mediador, que no aparecía en el acuerdo PSOE-ERC, para poder de algún modo dejar su impronta en la negociación. Esta petición ha sido apoyada por su entorno cercano aunque los republicanos se han desmarcado. La expresidenta del Parlament, Carme Forcadell, aseguró desde prisión que esta figura no es imprescindible porque este árbitro es útil cuando dos no quieren negociar. Voces del independentismo han afirmado en más de una ocasión que son los “campeones del diálogo” aunque otros, como la ANC, lo ven como un riesgo para las aspiraciones del soberanismo. Ahora, existe una mesa pensada para ello aunque por el momento no se sabe cómo se medirá su éxito o fracaso ni qué plazos se manejan.