23 sep 2020

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Medioambiente

La propuesta establece como objetivo una reducción del 10 por ciento de las emisiones de metano biológico en 2030. 

AFP

La moneda del clima

Emilio Trigueros

No detendremos la alteración brutal del clima de la Tierra si no alteramos radicalmente la economía

Ahora que la conciencia sobre el cambio climático ha alcanzado una dimensión global, se muestra cada vez más nítida la paradoja a la que nos enfrentamos: que los combustibles fósiles a los que queremos renunciar son inseparables de un nivel de vida al que no queremos renunciar. Desde los libros de Historia del instituto, estudiamos que la industrialización de Europa en el siglo XIX se fundó sobre la explotación de las minas de carbón y de hierro, y el portentoso salto adelante de Occidente en la segunda mitad del siglo XX no puede concebirse sin el petróleo, que todavía es la savia cotidiana del funcionamiento de nuestro mundo.

Durante un tiempo, se pronosticó que los límites geológicos de la producción del petróleo causarían un estancamiento de la economía durante el siglo XXI. Solo recientemente hemos comprendido que no será el declive de reservas fósiles lo que nos dé de bruces contra los límites del crecimiento, sino otro hecho distinto que ha sucedido antes: el agotamiento de la capacidad de la atmósfera para seguir almacenando dióxido de carbono sin que se perturbe el equilibrio entre la radiación solar y la temperatura de la Tierra, desencadenando cambios fuera de nuestro control sobre el clima.

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El conflicto entre los límites de la naturaleza y las necesidades humanas es antiguo, pero no irresoluble mediante la cooperación sobre valores compartidos. Aunque la defensa de intereses de grupos nacionales ha hecho a menudo imposible alcanzar pactos, también la perspectiva de las ventajas cambia: en la cumbre de Copenhague del 2009, por ejemplo, el presidente Obama no logró convencer a los representantes de China de que se unieran a un acuerdo global de reducción de emisiones;  diez años después, en cambio, China se ha convertido en el líder mundial en energías renovables, mientras que Estados Unidos se ha pasado al lado contrario, si bien la intensidad de su debate interno aún permite albergar esperanzas.

Objetivo común

En la lucha contra el cambio climático, en realidad, hemos avanzado más de lo que creemos: una gran mayoría de países hemos firmado un objetivo común y un sistema de reparto de los esfuerzos, y ya no estamos en la década de discutir si es posible cumplir con el acuerdo de París, sino de discutir qué hay que hacer para cumplirlo: examinando de qué herramientas de política económica se dispone para forzar el cambio en la producción mundial de energía. Y la sensibilidad en el consumo avanza, pero el consenso hacia reglas de juego y políticas obligatorias globalmente, no; el margen de tiempo se agota.

Necesitamos, pronto, un acuerdo de Bretton Woods del clima, que sería tan decisivo como lo fue aquel pacto que, a finales de la segunda guerra mundial, fijó las reglas de intercambio de moneda internacional, lo que deparó una velocidad de integración y comercio entre continentes nunca vista. Ese acuerdo tendría que dar un giro copernicano a las decisiones de inversión públicas y empresariales: porque no detendremos la alteración brutal del clima de la Tierra si no alteramos radicalmente la economía. En ese sentido, el FMI ha propuesto la instauración de un impuesto de carbono global, si bien una solución fiscal parece difícil de llevar a la práctica simultáneamente entre muchos países.

Para avanzar a la vez en todo el planeta, la solución más natural es la que esboza el artículo 6 del acuerdo de París. Comprometernos a crear la moneda global del clima, esto es, del coste del aire, el recurso cuya pureza se nos agota. El precio del dióxido de carbono en la Unión Europea es una historia de éxito gradual, que comienza en el 2005 y hoy está en pleno funcionamiento económico. A todos los efectos, lo que en Europa ya está funcionando es un banco central de permisos para 27 países, bajo un indicador de control: si las emisiones de gases de efecto invernadero se disparan, el banco central baja la emisión de permisos ese año, y el precio de estos suben, hasta que la actividad económica en las industrias más emisoras se reduce debido a esa mayor escasez del 'papel moneda' del clima.

Cuesta entender por qué ha sido imposible progresar más en acuerdos. Lo que requiere el artículo 6 de París a los líderes de las mayores regiones de la Tierra no es más que una fotografía y unas líneas. Una imagen de unión que muestre que, por esta causa, se puede aparcar cualquier diferencia, y unas líneas en las que se comprometan a establecer mercados de emisiones en un calendario por fases. Es simple lo que les pedimos: el amor o la vida no se pueden comprar; hagan que el clima, sí.