29 oct 2020

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Seudohistoria

Una imagen de ‘El hombre que mató a Don Quijote’, de Terry Gilliam.

El Von Däniken catalán

Ernest Alós

La semana que dejamos atrás pasará a los anales como la del gran repaso por tierra, mar y aire al Institut Nova Història, tras la publicación del volumen ‘Pseudohistòria contra Catalunya’. Sus impulsores (para situarnos, aparece en la misma colección, dirigida por Joaquim Albareda, que publicó la historia de Catalunya de Josep Fontana) han dejado en evidencia, en prácticamente todos los medios catalanes, en las redes y en una presentación al calor de la academia en pleno, las elucubraciones sobre un Colom rebelde y catalán y un 'Quixot' valenciano. Gran parte del éxito quizá se deba a haberse introducido en el campo más crédulo y proclive a esas tesis ondeando bandera amiga: algo inteligente en tiempos de disparar primero y preguntar después a todo lo que proceda del bando opuesto.

Planteado como una refutación a la par del “españolismo” y de los relatos fantásticos que hacen catalán todo lo que de digno ha dado Castilla (asumiendo un concepto de dignidad profundamente español, como ha señalado el profesor Cingolani), los autores han abierto las puertas más recelosas recordando hasta qué punto lo que en su día parecían chaladuras ha dañado el prestigio de la historiografía catalana frente al relato de la España castellanocéntrica.

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Pero la operación, por más que efectiva, tiene algo de discutible. Mitos románticos como Covadonga deberían encararse a los equivalentes, como las cuatro barras del conde Guifré. Visiones caducas y profundamente nacionalistas como la de la Reconquista, reconstrucción de una unidad milenaria e inevitable, deberían equipararse a la explotación sesgada de la evanescente Marca Hispánica que definiría  la vocación europea de una Catalunya no menos milenaria. La visión de la guerra de sucesión como un conflicto dinástico, una guerra civil con élites fracturadas y la monarquía borbónica como un factor de modernidad uniformadora debería contrastarse, en este caso en buena lid académica, con la concepción alternativa que destaca la movilización en defensa de las instituciones catalanas y ve en los Austrias una vía truncada hacia una monarquía constitucional. Pero si hablamos de pseudociencia, al cuento del Cervantes catalán le deberíamos oponer su verdadera contraparte: de la falsificación de fuentes para denunciar la ‘leyenda negra’ a las historias fantásticas sobre Tartessos y la Atlántida o la negación de la conquista musulmana de España. Además de otras seudociencias como el terraplanismo, el creacionismo o la ufología.

Ese es el segundo éxito de los autores del libro: identificar con eficacia el bilbenyismo como seudociencia, defendida ya solo por seguidores acríticos y entregados. Un marco mental en el que al farsante se le rebate y desenmascara como el peligro público que es, pero no se le concede categoría de interlocutor legítimo. Ese marco se ha impuesto… menos en los informativos de TV3. Quizá como venganza por el hecho de que se la señale como la más eficaz difusora de esas tesis. Quizá, involuntariamente, como confirmación de ello.