Al contrataque

Dioses, monstruos y mariposas

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Miguel Hurtado junto a otras víctimas de abusos cometidos por religiosos de congregaciones u órdenes este viernes en la sede de la Conferencia Benedictina. 

Miguel Hurtado junto a otras víctimas de abusos cometidos por religiosos de congregaciones u órdenes este viernes en la sede de la Conferencia Benedictina.  / GUILLEM SÀNCHEZ

La vida es caprichosa de narices; y a veces un detalle aparentemente nimio puede provocar auténticos cataclismos. Está claro que el efecto mariposa no es ninguna patraña. Álvaro Ramos decidió cambiar de rumbo en un campo de golf. Admirador de Severiano Ballesteros, acabó por considerar insoportable que los chavales que hacían de 'caddie' no pudieran utilizar los mismos palos que él para atizarle a las bolas y corretear por los 'green'. "Ahí empecé a darme cuenta de lo que es la desigualdad", me comentaba tras una conversación en la radio. ¿Una chorrada? No: el aleteo de la mariposa.

Y luego está la importancia de las personas que se cruzan en tu vida, la huella que dejan; otra categoría del azar. Álvaro renunció a su puesto como gestor de fondos en un banco americano, su ático en Madrid y su vida desahogada. Hoy es sacerdote, tiene 43 años y lleva seis en Honduras -uno de los países más pobres y violentos del mundo- colaborando con la fundación ACOES. Me encantó escucharle la otra tarde cuando charlaba con dos treintañeros beneficiarios de su trabajo: Samir, doctor en Biología por la Universidad de Navarra, con dos intentos de suicidio en Honduras. Y Auxi, doctorada en Arte y Educación Cultural para el Desarrollo por la Universidad de Granada, que tenía que andar seis horas diarias para acudir a la escuela.

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Fue en Honduras donde Álvaro conoció al misionero Patricio Larrosa, el hombre que le dio el empujón definitivo para hacer 'click'. Ambos acaban de recibir el premio Derechos Humanos Rey de España. "Este país está lleno de personas generosas" -sonríe Álvaro, convencido-. Y también de otras menos recomendables, pensaba yo cuando al día siguiente me reencontré con Miguel Hurtado.

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Tenía 16 años cuando aterrizó en MontserratAllí conoció a Andreu Soler, un lobo con piel de cordero y hábito de monje; un depredador sexual que abusó de él durante varios meses. "Los abusos son devastadores -confiesa- pero el encubrimiento te destroza la vida". Miguel, que hoy ejerce como siquiatra infantil en Londres, lleva años denunciando las maniobras de ocultación de su caso y de tantos otros por parte de la jerarquía católica, que ha tratado esos delitos como si fueran simples pecados.

Ahora, un año después de la cumbre convocada en el Vaticano sobre la pederastia, publica 'El manual del silencio', un libro imprescindible para entender -y apoyar- a las víctimas de esta lacra. Es posible que Willy  Toledo sea exagerado cagándose en Dios por las cuatro esquinas, pero algunos de sus representantes en la Tierra merecerían algo peor. Otros, en cambio, una medalla. Cuestión de suerte. O de mariposas.