10 abr 2020

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EL ARTÍCULO Y LA ARTÍCULA

El caracol y la vida

LEONARD BEARD

El caracol y la vida

Juan Carlos Ortega

Muy pocas veces pensamos en el paso del tiempo que, inevitablemente, terminará con todos nosotros

Un caracol se mueve a una velocidad de cuatro metros y medio por hora. Cuando era pequeño, disfrutaba mirándolos y preguntándome qué pensarían ellos del paso del tiempo. Hoy, algo mayor, quiero que estos animales me ayuden a valorar la vida, la mía y la de todos ustedes.

En España vivimos de media 83 años, un poco más que nuestros compañeros humanos europeos. Pero, aún así, es poco, porque muchos querríamos vivir para siempre.

¿Cómo puede ayudarnos el caracol a valorar nuestra vida?

Pensemos en su velocidad. Cada hora, recorren cuatro metros y medio. Pobres, van muy lentos. Si dividimos esa cantidad entre 1.000, obtendremos la velocidad en kilómetros por hora: 0,0045. Es muy poco, ciertamente, al menos si lo comparamos con nosotros, o con los coches o con la mayoría de los objetos que nos encontramos cada día.

Y ahora, la gran pregunta: ¿Qué distancia recorrería un caracol en 83 años? Usted nace y uno de esos animalitos emprende su marcha. Cuando usted muere, habrá llegado a un lugar. Esa distancia nos permitirá visualizar la brevedad de nuestra vida.

¿Qué diría usted? No realice el cálculo. Espere a que yo se lo muestre. El resultado le dejará perplejo. O, al menos, así me he quedado yo. No prolongaré el misterio. La distancia que podría recorrer un caracol en una vida humana es de 3.200 kilómetros, aproximadamente la distancia que separa Madrid de Moscú.

Entre en Google y busque un mapa de Europa. Mire Madrid y mire Moscú. Imagine una línea entre ambas ciudades, y piense en un caracol humilde que sale desde la Puerta de Alcalá el día en el que usted nació. Avanza lentamente, pero sin pausa, dejando tras de sí una baba. Usted sabe que cuando llegue a Moscú, su vida terminará.

No vemos ese caracol, porque muy pocas veces pensamos en el paso del tiempo que, inevitablemente, terminará con todos nosotros. Pero si pudiéramos verlo, si saliéramos a la calle y lo viéramos pasar, arrastrándose, seríamos conscientes de la brevedad de la vida.

En un avión hacemos el trayecto entre Madrid y Moscú en poco más de cuatro horas. Las dos ciudades están muy cerca, terriblemente cerca. En nuestro sueño por durar mucho tiempo, nos hubiera encantado que al caracol le hubiera dado tiempo para dar 1.000 vueltas a la tierra, o 500.000 millones de vueltas, pero no. Solo puede llegar a Moscú.

Ignoro su edad, querido lector, pero el caracol de mi vida está ahora a punto de llegar a Varsovia. Si quiere saber por donde se está arrastrando ahora el suyo, vuelva a mirar ese mapa y averígüelo. No quiero amargarle el día, de verdad. Simplemente he querido recordarle que no estará aquí para siempre, porque ese caracol un día llegará a la Plaza Roja y su vida pasará a negro.