23 sep 2020

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DINERO DIFÍCIL

Tractores en la protesta de Molina de Aragón (Guadalajara), este viernes 21 de febrero. 

Europa Press

El tercer pilar

Albert Sáez

El territorio aviva viejos fantasmas por la impotencia de los estados para regular mercados inmateriales

Los estados ya no pueden controlar todo lo que pasa en sus territorios. Tenemos ejemplos a diario. Que España garantice que se puede hacer el Mobile por el riesgo del coronavirus no garantiza que se haga. Los efectos del cambio climático traspasan las fronteras impunemente. Media Europa cree que también lo hacen los inmigrantes ilegales, aunque no sea cierto. Los precios agrícolas pueden llegar a ser inferiores a los costes porque los productos viajan a la velocidad de la luz. Y a los estados no les gusta parecer débiles. Por eso multiplican los aspavientos. Esta semana lo ha hecho Boris Johnson con una ley restrictiva de inmigración. Y Vladimir Putin prohibiendo que los chinos viajen a Rusia como si los virus tuvieran pasaporte.

Los mercados se han desterritorializado. España, al UE, la OCDE tratan de recaudar impuestos por las transacciones que se hacen en el ciberespacio a través de Amazon o Google. Ponen tasas especiales como los antiguos aranceles para proteger un territorio en el que actúan operadores que producen en un mercado, distribuyen en otro y pagan impuestos en un tercero. Siempre buscando la máxima eficiencia a corto plazo. Las empresas también gesticulan porque ya no todas compiten en el mismo mercado de la misma manera.

Raghuram Rajan ha revolucionado el debate en Estados Unidos sobre estos temas con su libro El tercer pilar. Es una explicación alternativa de la victoria de Donald Trump. Considera que la clave no han sido las redes ni el populismo sino su defensa del territorio. Estado y mercado han marcado la dialéctica de las políticas económicas. Y cierta versión del liberalismo y del socialismo ha considerado que las naciones, o sea los territorios, eran algo secundario para regular la economía. Ciudadanos hizo bandera de la idea de que no pagaban impuestos los territorios sino los individuos. Pero los servicios se prestan en el territorio. El tercer pilar. Por eso Rajan propugna que además de los equilibrios público-privado y de libre competencia, se vele por el equilibrio territorial. Fijémonos como casi todos los grandes asuntos económicos de la semana están marcados por ese tercer pilar: la armonización de los impuestos en España, los presupuestos de la UE, la posible cesión de la caja de la Seguridad Social al gobierno vasco, la tasa Google, …

Uno de los principales fundamentos del populismo político es el malestar económico de los territorios: el impacto de las deslocalizaciones (los obreros de Michigan que votaron a Trump), la sensación de exceso de inmigración por falta de población activa autóctona (Alternativa por Alemania o Vox en El Ejido), la España vaciada, las desigualdades de precios en España o en comunidades como Catalunya y Madrid, … El territorio aviva viejos fantasmas por la impotencia de los estados para regular mercados inmateriales. El debate es tan complejo como apasionante. A algunos les da pereza, pero tarde o temprano este asunto se debe afrontar porque los estados y los mercados operan sobre personas que viven en territorios, no en el ciberespacio. Trabajan. Consumen. Y votan.