09 jul 2020

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IDEAS

Ejemplares de nuevas ediciones de la colección La Cua de Palla. 

RICARD CUGAT

La Cua de Palla, de los colores del taxi

Jordi Puntí

Que levante la mano quien no haya leído ningún título de la Cua de Palla. Cuesta imaginar algún hogar catalán, mínimamente lector, sin ningún libro amarillo y negro en un estante. El diseño que Jordi Fornas ideó para la colección policíaca de Edicions 62 tiene más de medio siglo y aún hoy se reconoce a la legua. La mezcla de los colores del taxi, amarillo y negro, era un guiño a la serie 'noire' francesa y al 'giallo' italiano, y le daba una modernidad turbia, entre expresionista y pop.

La exposición sobre La Cua de Palla que puede verse en la Biblioteca Jaume Fuster es un recorrido sentimental por los 115 títulos de la colección de novela negra en catalán 

Hoy día la novela negra se despliega en múltiples tendencias, pero hubo una época en que los clásicos, de Simenon a Chandler, salían en catalán bajo el mismo techo. A través del homenaje, es lo que recuerda la exposición sobre La Cua de Palla que se puede ver hasta el 20 de marzo en la biblioteca Jaume Fuster, en Lesseps. Un recorrido sentimental por los 115 títulos que se publicaron hasta 1996, primero bajo la dirección de Manuel de Pedrolo y después de Javier Coma. El elemento nostálgico está asegurado, y así, mientras visitaba la exposición, descubrí que mi primer Cua de Palla fue precisamente el número 1 de la colección: 'Parany per a una noia', de Sébastien Japrisot, lectura obligatoria en el instituto. Tantos años después no recuerdo casi nada, excepto que la protagonista sufría amnesia y no sabía si era la asesina o la víctima, y que algunas escenas estaban narradas con una frialdad terrorífica.

La Cua de Palla se fue apagando a medida que el género ganaba el prestigio y los lectores que tanto había buscado. Una buena prueba de esa influencia son las decenas de ejemplares gastados que se encuentran hoy en día en bibliotecas y librerías de viejo. Hace poco compré uno, 'Jazz Gang', de H. Paul Jeffers, por la sonoridad del título. Además de comprobar el acierto de los editores en su momento, leerlo ahora tenía un aliciente añadido, de arqueología filológica: disfrutar de unas traducciones a veces torpes, pero a la vez entrañables en el esfuerzo por hacer vivir la lengua del hampa, los clichés de los bajos fondos, esos malhechores que se trataban de vos y decían “'guripa'”, o “'bòfia'”, y las mujeres fatales que eran “'bufones'” y fumaban cigarrillos mentolados.