Derecho social a debate

Eutanasia y dictadura moral

El catolicismo político ha conseguido imponer, por lo menos hasta hoy, cómo hay que morirse a millones de ciudadanos que no comparten sus valores

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El ya cardenal, Juan José Omella, leyendo su discurso el el acto de nombramiento de cardenales.

El ya cardenal, Juan José Omella, leyendo su discurso el el acto de nombramiento de cardenales. / ACN / POL SOLÀ

El martes 11 de febrero entró en el Congreso, por tercera vez en los últimos años, una nueva propuesta de ley para regular la eutanasia. Y, con su presentación, han regresado demonios familiares siempre presentes: las pasiones se han incendiado tanto que se ha llegado a criminalizar la iniciativa, calificándola de mecanismo oculto para reducir el gasto médico. Si ese comentario no fuera tan repugnante, incluso merecería respuesta. Pero no es el caso.

Sí, en cambio, exigen debate otras razones de mayor enjundia, y a menudo ocultas, de los que se oponen a ella. En particular, las de la Iglesia católica y de los partidos políticos a ella vinculados; porque aunque el catolicismo ya no domina socialmente, continúa teniendo un poder político no menor. Y es por ello por lo que voy a referirme a algunos aspectos implícitos en su argumentario.

El quid de la cuestión es su oposición a un marco legal que permita decidir cuándo y cómo quieren morir personas con enfermedades incurables y sufrimientos inevitables (físicos y psicológicos, personales y familiares), contando con todos los controles médicos y el asesoramiento legal precisos para evitar usos inadecuados de la ley. Por descontado que su mera existencia no obliga a nadie. Aunque si el Estado no puede tomar esa decisión, nadie debería poder hacerlo. Pero el catolicismo político sí lo ha conseguido, por lo menos hasta hoy, imponiendo cómo hay que morirse a millones de ciudadanos que no comparten sus valores.

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Por supuesto, no es la primera vez que ello sucede. En los últimos 40 años lo vimos primero con el divorciodespués con el aborto y más tarde con el matrimonio homosexual. Y aunque en ningún artículo de las leyes que se aprobaron se establecía la obligatoriedad de divorciarse, abortar o contraer matrimonio con personas del mismo sexo, la jerarquía católica consiguió forzarnos a seguir, durante muchos años, su dictado moral. Y lo mismo sucede hoy con la eutanasia: de aprobarse la ley, a nadie se le exigirá que la practique. Pero sí se permitiría para aquellos que, con los informes adecuados que dieran razón de su capacidad de raciocinio, así lo decidieren.

¿Cómo debería interpretarse que las creencias de unos se impongan a la colectividad? Pues como lo que es: pura intolerancia o, en el peor de los casos, dictadura. Y ese es el verdadero debate que esconde el de la eutanasia: libertad 'versus' dictadura moral. Es decir, confrontación entre una visión autoritaria, según la cual unos pocos ilustrados deben decidir lo que conviene al conjunto, y la democrática, en la que, al poner en el frontispicio del edificio social la igualdad entre todos, prima la decisión individual.

Concepciones morales

De hecho, bajo la oposición a la eutanasia ha regresado una vez más esa caduca visión de los ciudadanos como súbditos necesitados de dirección moral. Se trata de una actitud que, ciertamente, nos retrotrae a tiempos pasados, en los que la actuación de la Iglesia católica y los gobiernos franquistas fueron de la mano. Ello no era casual, ni lo fue en España ni en otros países donde sucedió algo parecido. En todos estos casos siempre emergía, y emerge, esa elite gobernante masculina que impone su visión de lo que está bien y lo que está mal: apoyado por la fuerza represora del Estado en ciertos momentos históricos y en su propio poder político en otros. Culturalmente, se trata de una concepción similar a la pregonada por los regímenes totalitarios para justificar su existencia. En uno y otro caso, valores profundamente antidemocráticos: los que controlan el país deciden sobre lo que nos conviene.

Este es el núcleo del debate. No se trata del sufrimiento de aquellos que ya no tienen esperanzas y solo les aguardan agonías imposibles de imaginar. Se trata del poder. Del poder para imponer su concepción moral al conjunto de la sociedad. Y ahí, el catolicismo se revuelve como gato panza arriba. Y de raza le viene al galgo: la 'kulturkampf' del canciller Bismark en Alemania, los conflictos del Estado francés con el catolicismo o la expulsión de los jesuitas de tantos países forman parte de esta mísera historia.

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Por descontado que la Iglesia católica, y los partidos que la apoyan, tienen libérrima capacidad para demandar a sus seguidores que no practiquen la eutanasia. Pero de la misma forma que defendemos su libertad, exigimos que no intervengan en las decisiones de aquellos que no les reconocemos autoridad moral ninguna.

Eutanasia, ¿sí o no? Ese es un falso debate. El que realmente subyace es el de la libertad. Libertad individual en cuestiones morales, ¿sí o no?