24 sep 2020

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Análisis

El presidente del Partido Popular, Pablo Casado, durante su discurso en el 13º Congreso Nacional de la Distribución de la Automoción en el Centro de Convenciones Norte.

FERNANDO ALVARADO (EFE)

La derecha rancia

Joaquim Coll

Que Casado diga ahora que está dispuesto a apoyar los Presupuestos Generales a cambio de que el líder socialista rompa su acuerdo con ERC es ahora de una hipocresía monumental

Crucemos los dedos para que esta legislatura dure como mínimo el tiempo necesario para que la ley de la eutanasia, que la semana pasada empezó a tramitarse, sea aprobada. Es una demanda social y médica que dispone de un apoyo ciudadano abrumador, y que cuando fructifique difícilmente tendrá vuelta atrás, como ha sucedido en muchos otros temas, desde el divorcio hasta la ley antitabaco, pasando por el aborto o el matrimonio homosexual. La eutanasia debería ser materia de amplísimo consenso parlamentario ya que no se trata de imponer nada nadie sino de regular un derecho para evitar un sufrimiento inútil a los enfermos y sus familiares. Sin embargo, tanto Vox como el PP, ejerciendo de derecha rancia, se oponen con argumentos francamente deplorables al asociarla a una “política de recortes” y acusar al Gobierno de izquierdas de querer ahorrarse el coste del envejecimiento de la población. Juegan a confundir la eutanasia con la eugenesia, como si el objetivo oculto fuera eliminar a los ancianos para reducir el gasto sanitario y en pensiones.

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La oposición visceral de Vox, cuyo origen es una escisión de los sectores ultracatólicos por la timidez antiabortista de Mariano Rajoy, tiene su lógica. No lo es que los conservadores de Pablo Casado, que se las dan de moderados, compitan con los de Santiago Abascal en ver quién dice la majadería más grande. El deplorable debate sobre la eutanasia anticipa el tono de la oposición en una legislatura que, por desgracia, no va a suponer el reencuentro entre PP y PSOE en ningún asunto de Estado. El cultivo del relato antisanchista que las derechas lanzaron hace un año en la plaza Colón se lo impide. La paradoja es que, en lugar de facilitar la gobernabilidad al PSOE para evitar ir a nuevas elecciones, tanto el PP como Cs prefirieron empujar a Pedro Sánchez a pactar con los independentistas. Optaron por ver cumplida su profecía. Que Casado diga ahora que está dispuesto a apoyar los Presupuestos Generales y otros temas como la financiación autonómica, la educación o las pensiones a cambio de que el líder socialista rompa su acuerdo con ERC es de una hipocresía monumental. Era antes, no ahora, cuando podía haberlo impedido.

La misma hipocresía por la que le exige cambiar la ley para renovar el Consejo General del Poder Judicial cuando el PP no quiso hacerlo cuando tenía mayoría parlamentaria. Así pues, el encuentro entre Sánchez y Casado en Moncloa se salda con un fracaso rotundo. Si hay alguna opción de renovar órganos como el CGPJ, el TC, el consejo de administración de RTVE, el defensor del pueblo o el Tribunal de Cuentas, para los que se necesita una mayoría cualificada, no será hasta después de las elecciones vascas, gallegas y catalanas. O sea, en el mejor de los casos, a finales de este año. Pero no hay ninguna razón para el optimismo. Tras la ruina electoral de Cs y su práctica disolución en el bloque de la derecha, el PP compite sobre todo con Vox, lo que le aleja de la moderación en beneficio de un discurso rancio y demagógico, como se vio con la eutanasia. El bloqueo institucional en España va para largo.