05 abr 2020

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Dos miradas

Un grupo se hace un selfi con una estatua humana de la Rambla de  Barcelona, este martes.

RICARD CUGAT

La exhibición, que a veces es inocente y, a veces, maligna, se convierte de golpe en pornografía cuando se traspasan unos límites

Hay gente que quiere compartir sus experiencias con el resto del mundo. Necesitan (necesitamos: confieso que también lo he hecho) enseñar un concierto, una excursión, de qué celebración disfrutaron. Muchas razones justifican la necesidad de la exhibición. Demostrar la felicidad: para hacer ostentación, para que los demás sepan qué se han perdido, simplemente para certificar que están vivos y que la vida nos aporta, de vez en cuando, momentos pletóricos. O para que quede constancia de dónde han estado o para impresionar al mundo en general o, en concreto, a un individuo en particular para que tome nota de su ausencia.

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Sin embargo, la exhibición, que a veces es inocente y, a veces, maligna, se convierte de golpe en pornografía cuando se traspasan unos límites. Estos días, he visto fotografías de personas que dan la mano a moribundos, personas que enseñan los últimos instantes de un familiar difunto. Compartir la alegría y, también, mostrar el dolor. ¿De verdad es necesario? ¿Buscan un consuelo o la constatación de que es más importante quien vela al muerto que el mismo muerto? Cada día admiro más la discreción de quien se cobija en el palacio de su intransferible intimidad.