29 sep 2020

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Dinero difícil

Quim Torra y John Hoffmann, reunidos tras la cancelación del Mobile World Congress.

FERRAN NADEU

¿Puede China parar el mundo?

Albert Sáez

El coronavirus pone en evidencia la dependencia occidental de las fábricas asiáticas

El coronavirus surgido en Wuhan ha paralizado el Mobile World Congress de Barcelona. Un tema bastante más decisivo para los españoles que lo que acontece en Venezuela, importante para algunas empresas -pocas- del Ibex 35. La capital catalana, que desde los Juegos Olímpicos no se siente suficientemente orgullosa de la riqueza que crea, lo ha recibido como un mazazo. Los viejos patricios del Club de Polo o del Liceu lloran por las esquinas pensando que han hecho algo mal para merecer este castigo divino. Los emergentes, Barcelona Tech City, se han espabilado y ya han montado el #BarcelonaTechSpirit para reunir a las start up al margen del Mobile frustrado por esa infodemia más letal si cabe que la misma epidemia. Cuesta entender desde la racionalidad lo que ha ocurrido. Objetivamente, y escuchando a quienes saben del tema, no parece que haya razones que justifiquen la huida de las empresas que ha forzado la suspensión. Uno se asusta un poco de que ciertas multinacionales tomen las decisiones con este grado de emotividad cuando intentan siempre dar la imagen de la frialdad más absoluta. Que no se entienda, no avala tampoco ni las teorías conspiratorias -la guerra comercial entre China y Estados Unidos- ni tampoco las catastrofistas, cuando dicen que es la muerte definitiva del Mobile porque las multinacionales han encontrado la justificación para dejar de venir. Lo que sería un ajuste de cuentas con John Hoffman.

Gente más sensata considera que este tropiezo sirve para dar cuenta de la importancia de este evento, punto de encuentro entre Asia y Occidente. Casi uno de cada diez de los asistentes llegaba de China y más del 30%, de los países asiáticos. Resulta, pues, que en la feria de la tecnología punta del siglo XXI, Asia en su conjunto y China en particular suman casi el 50% del negocio. En realidad, el coronavirus lo que está haciendo es evidenciando la dependencia occidental de China, no solo su peso. Hay fábricas de todo tipo que están a medio gas o a punto de parar porque les faltan componentes a causa del cierre de las factorías y los puertos chinos. Algunas que nos imaginamos como las automovilísticas y las textiles, y otras que los profanos desconocíamos. Resulta que hay muchos medicamentos genéricos que se hacen con principios activos elaborados en China. La verdad es que una información es casi más inquietante que la visita de unos cuantos expositores. 

Con el coronavirus nos pasa algo similar a lo que ocurrió con el efecto 2000 cuando tuvimos que cambiar todos los microprocesadores porque no resistían el cambio de siglo. Y descubrimos que no estaban solo en los ordenadores: desde los ascensores hasta las neveras tenían microprocesadores ocultos. Ahora, como consecuencia del coronavirus, constatamos la dependencia china de nuestras economías. Las deslocalizaciones masivas a la búsqueda de la reducción de costes salariales hacen que no podamos ya fabricar casi nada si China decide parar el mundo. Más que una ola de chovinismo, nos debería obligar a pensar si no es necesario exigirles que cumplan ciertas normas para seguir haciendo negocios. Y si lo hacen, igual ya no son tan baratos