20 feb 2020

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IDEAS

La escritora canadiense Margaret Atwood.

Atwood en patinete eléctrico

Miqui Otero

Veamos otra vez ese vídeo que circula por la red. Esta vez, a cámara lenta. Margaret Atwood va montada en un enorme patinete eléctrico por un aparcamiento en Wellington, Nueva Zelanda. Sus rizos ceniza ondean por la velocidad (no lleva casco) y su asistente, que sostiene la cámara, se troncha de la risa.

Aquí estamos hablando de la autora respetada que más libros vende en todo el mundo usando el transporte que más mala fama tiene. Es más, la escritora que ambienta sus novelas en un futuro amenazante y distópico divirtiéndose como una adolescente aferrada al manillar del vehículo en el que muchos ven el fin de la civilización tal y como la conocemos. La imagen, y la combinación, es muy extraña, como un animal mitológico que cruzara la elegancia carismática de cabeza y cuello de una pantera con los pies del siempre vapuleado ornitorrinco.

El vídeo de la escritora en un enorme artefacto rodante zarandea ese pacto de qué es brillante y qué, cutre

Todo el mundo adora a esta novelista de 81 años, autora de 'El cuento de la criada', y todo el mundo se mete con los patinetes eléctricos: los que lo usan van de chulos, siempre se aparcan inoportunamente, representan la comodidad pija del tecnófilo, etcétera. Nadie discute que Atwood se divierta, porque ya dijo Oscar Wilde que los placeres sencillos son el refugio de las mentes complicadas, pero el debate es otro.

Se critica el patinete en masa y sin fisuras. Y que lo reivindique Atwood zarandea ese pacto de qué es brillante y qué, cutre. Es, en definitiva, algo así como que Brad Pitt te escriba una carta de amor, pero con tipografía Comic Sans; como que Zadie Smith se declare hincha a tope de Murakami para los Nobel; como que Greta Gerwig se ahorre la coma en el vocativo; como que Obama se ponga a bailar Coyote Dax calzado con unos crocs de color lila.

Quizás, solo quizás, Atwood, la que tan bien nos ha sabido avisar con sus ficciones de que cualquier democracia liberal puede acabar convertida en una teocracia supremacista, nos quiera decir ahora con su gesto: "Venga, va, es solo un patinete, leñe. A veces es que pasáis de lo verdaderamente tóxico y peligroso y os obcecáis criticando en masa cualquier tontería", para añadir, con una sonrisa en la cara de velocidad: "Mirad, ¡sin manos!".