25 nov 2020

Ir a contenido

Análisis

Un cartel con recomendaciones de higiene que se instalará en el Mobile World Congress 2020.

RICARD CUGAT

Coronavirus y periodismo

Joan Cañete Bayle

La crítica y control del sistema mediático se debe ejercer de forma responsable, igual que se debe aprender a valorar la información no solo cuantitativamente, sino también cualitativamente

De la gripe A, la primera alerta sanitaria mundial en la era de las redes sociales (si bien aún lejos de lo que son hoy), el periodismo constató que una parte de la opinión pública lo consume (y lo analiza, y lo decodifica) simplemente a peso. En primera instancia, las noticias son valoradas cuantitativamente: cuántos minutos dedicados a una noticia en radio y televisión, cuántas páginas y centímetros de portada en la prensa impresa, cuántas piezas y cuánta viralidad en prensa digital y redes sociales.

La ecuación a la que los medios han acostumbrado a la opinión pública es la que dicta que a mayor cantidad (mayor presencia), mayor importancia de la noticia. Para llegar a esta conclusión el receptor no necesita entrar a leer en profundidad la noticia, ni a escuchar con detenimiento la información. Es una apreciación superficial, de lectura en diagonal, un vistazo rápido, ruido de fondo, un zumbido constante ‘in crescendo’ en el 'timeline'. Se asume que si los medios le dan tanta presencia a un tema, es que se trata de un acontecimiento importante.

Si la noticia es un virus, se interpreta que se trata de una enfermedad grave, de lo contrario no se hablaría tanto de ella. Da igual que la información sea rigurosa y responsable; no importa que se aporten todos los datos correctos, que se difundan las recomendaciones precisas ni que se dé voz a los expertos. Cuanto más se hable del virus, mayor será la percepción de que se trata de una enfermedad grave. Si después los temores más exacerbados acaban siendo falsos, se culpa a los medios de agoreros y sensacionalistas. En la gripe A, ciertamente hubo sensacionalismo, siempre lo hay en una sociedad abierta con un sistema de medios basado en la propiedad privada con ánimo de lucro. Pero, en general, la información no fue sensacionalista. En cambio, sí fue, cuantitativamente hablando, avasalladora, abrumadora.

En una sociedad sin libertad de expresión, la lógica es a la inversa. Se ha constatado de nuevo en China, donde Li Wenliang, el oftalmólogo que alertó sobre el coronavirus, fue obligado a retractarse por las autoridades. En China se da hoy una inusual exigencia de libertad de expresión en contra de la opacidad del sistema político, social y comunicativo del régimen. Libertad de expresión (es decir, información) como la mejor forma de combatir el contagio de un virus. Es indiscutible: desde Svetlana Alexiévich sabemos que, a la hora de tratar de una crisis sanitaria, el silencio, la censura y la opacidad tan solo contribuyen a empeorar la situación. Con Alexiévich también aprendimos que las dictaduras no imponen el silencio para evitar que se difunda el pánico, sino porque saben que las crisis sanitarias son políticamente desestabilizadoras, potencialmente subversivas, el miedo al virus es mayor que al régimen.

No hay duda de que el sistema de una sociedad abierta es mejor que la vía china. Aun así, hay preguntas muy pertinentes. ¿Merece el coronavirus la atención que se le está dando? ¿La cobertura masiva puede ser contraproducente? ¿La viralidad propia de las redes sociales en situación de emergencia sanitaria puede ser fatal o, al contrario, una gran vacuna de información? Son debates legítimos, y es obligación y derecho de la opinión pública criticar y controlar su sistema mediático. Pero también debe ejercer de forma responsable esta crítica y control, así como aprender a discernir la información no solo cuantitativamente, sino también cualitativamente.