25 oct 2020

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Urbanismo

Zona de ocio del Port Olímpic de Barcelona.

ROBERT RAMOS

Dónde colocar el ocio en la ciudad

Juli Capella

Es necesario un proyecto arquitectónico afinado y pragmático, que encaje cada tipología en cada contexto de barrio y se apoye en ordenanzas claras y rotundas

Uno de los principales problemas de las ciudades densas, y de Barcelona en particular, es dónde emplazar las actividades de ocio sin generar problemas. Cines, teatros, locales de restauración y hostelería, salones de juego, pero sobre todo determinados bares, salas musicales y discotecas, encuentran un difícil encaje en la trama urbana. Suelen generar problemas en las zonas residenciales. Pero si a su vez se deslocalizan y se ubican en zonas periféricas sin residentes, acaban convirtiéndose en guetos donde los problemas se intensifican y acaban en conflicto. La problemática que generaron desde sus inicios los locales del Port Olímpic, que por fin se va a liberar para otros usos, ejemplifica este problema: degradó una zona prácticamente vetada al ciudadano. En Estados Unidos la estrategia desarrollada ha consistido en especializar ciertos barrios y construir macrocentros de ocio, pero resultan un fracaso en nuestra cultura mediterránea de la mezcla.

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¿Cuál es, pues, la solución? Ciertamente compleja. Ni dentro de la malla urbana a su aire, ni alejados a su aire, estos usos deben saberse integrar con un proyecto arquitectónico afinado y pragmático, encajando de forma pormenorizada cada tipología en cada contexto de barrio. Apoyados en ordenanzas claras y rotundas, pero con la posibilidad de anteponer el sentido común.

Al mismo tiempo cabe preguntarse si la oferta de ocio no podría ser de otro tipo, algo más innovadora y estimulante. Por ejemplo, vinculándola a la cultura. Debería ser posible divertirse en museos y centros culturales. O también ligándola al disfrute de la naturaleza que alberga una ciudad, parques y jardines, creando alicientes lúdicos. Aunque el déficit de verde sigue siendo un punto débil de Barcelona.

Por otro lado, hay que dejar de demonizar el ocio, a solo dos letras de 'vicio'. Hay que considerarlo como una realidad inherente al desarrollo del ser humano. Quizá mejor definirlo como entretenimiento o diversión. A fin de cuentas, a todos nos va —o nos fue—la marcha.