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Quim Torra recibe a Pedro Sánchez a las puertas del Palacio de la Generalitat, el jueves.

Quim Torra recibe a Pedro Sánchez a las puertas del Palacio de la Generalitat, el jueves. / AFP / JOSEP LAGO

Tras dos años en los que la incesable judicialización del llamado 'procés' ha ido cayendo cual gota malaya sobre clase política, sociedad civil y ciudadanía catalanas sin que nada pareciese avanzar en el ámbito político, la semana pasada se celebró el encuentro entre el presidente Sánchez y el 'president' Torra. Parece un mero gesto más, pero puede no serlo. 

En los últimos dos años, desde aquel otoño de 2017 en el que todo se precipitó, nos hemos cansado – extenuado – de movimientos políticos, individuales o partidistas, que al final no llevaban a ningún lado. Ya no sabemos cómo medir el peso o valor de cada nuevo gesto que parece histórico o intranscendente según quién lo explique. Lo único en lo que podíamos coincidir quienes trabajamos en el análisis y resolución de conflictos era en un par de cosas: hay un conflicto y no se está(ba) haciendo nada por resolverlo. 

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Que hay un conflicto político es algo que ya hemos explicado en estas páginas anteriormente. De forma simplista, se basa en confirmar que hay dos o más actores - el Estado y el independentismo -, con objetivos políticos incompatibles – mantener la unidad de España o la independencia de Catalunya -, y dentro de un mismo sistema o marco formal – la Constitución de 1978 y el derecho internacional. Así, siguiendo la teoría que aprendemos y enseñamos, el escenario conflictivo solo empeoraba puesto que las partes no cumplían ni el primer requisito: reconocer que hay un conflicto. 

Esto cambió justo después de las elecciones. El candidato Sánchez pasó de hablar de crisis de convivencia en Catalunya a conflicto político en cuanto hubo resultados y se supo posible líder de un gobierno de izquierdas. A ese movimiento le han seguido otros. Pequeños, estéticos, pero movimientos, al fin y al cabo. La oposición de derecha y extrema derecha no lo va a poner fácil en toda la legislatura así que el primer gobierno de coalición debe andar con paso firme y medido. El segundo paso en el inicio de la gestión del conflicto es reconocer a la contraparte. Sánchez se había referido anteriormente a Torra con insultos y desprecio mientras que éste se había prestado a grabar unas imágenes simulando que Moncloa no le contestaba al teléfono. Actitudes nada propias de presidentes. Ahora, aunque diluida entre otros encuentros en Barcelona y reuniones con todos los otros gobiernos autonómicos, el Presidente del Gobierno ha sido recibido por el President de la Generalitat. Con ese gesto, se reconocen como contrapartes. Ello no significa nada más y nada menos que reconocer que el otro representa a unas ideas o a un proyecto político con el que no se está de acuerdo, pero que se sabe existente. Cuando se empieza a gestionar un conflicto, en ambas partes surgen siempre voces críticas que prefieren seguir en el choque. Ahora quedan muchos pasos por dar, muchos. Está por ver si las voluntades son ciertas o es pura estética política pero el primer, pequeño, casi mínimo paso, está dado. Que ambos presidentes vayan a abrir la mesa de diálogo también es un acierto. A partir de ahí, todo dependerá de la negociación.