02 abr 2020

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DOS MIRADAS

Jordi Sànchez sale de la cárcel de Lledoners en su primer permiso penitenciario de dos días, el pasado 25 de enero.

EUROPA PRESS / DAVID ZORRAKINO

La fiscalía fundamenta su negativa a otorgar permisos penitenciarios a los 'Jordis' en la necesidad de que los presos reconozcan su maldad intrínseca

Desde Cesare Beccaria, en el siglo XVIII, sabemos que la cárcel no debe servir como un castigo inhumano, sino como una medida para restablecer el contrato social. Con su libro, 'De los delitos y las penas', pasamos de las mazmorras siniestras a la rehabilitación ilustrada. Bueno, tal vez no tanto, pero al menos marcó las nuevas pautas del derecho penal que, siglos después, en los países civilizados, definieron la prisión no como un simplista sistema disciplinario sino como una medida que debía tender a la reinserción.

Hay juristas, sin embargo, que aún entienden el método a la manera maoísta. Es decir: encerramos para reeducar. Esto es lo que pretende la fiscalía en relación a los 'Jordis'. Fundamenta su negativa al permiso penitenciario en la necesidad de que los presos se arrodillen, reconozcan su maldad intrínseca y abandonen la locura, aquella "distorsión cognitiva" atribuida a Cuixart. Ahora, con Sànchez, la fiscalía piensa que "debería pasar por algún programa de tratamiento penitenciario".

Es decir: el espíritu de la Revolución Cultural china en la España del siglo XXI. Según esta filosofía, si no se arrepienten, no deberían salir nunca de la cárcel. Ni de permiso. Nunca