18 feb 2020

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Los premios de la Academia de Hollywood

Últimos preparativos en la alfombra roja de la 92ª ceremonia de los Oscar, en el Dolby Theatre de Hollywood, este viernes. 

EFE / ERIK S. MENOR

Quién verá los Oscar

Mónica Vázquez

El cine norteamericano aún cree que escribe y dirige la orquesta de toda expresión cinematográfica a nivel internacional

Por fin ha llegado el día que cada vez menos gente estaba esperando: los Oscar. Esa fiesta de la decadencia del cine norteamericano que aún cree que escribe y dirige la orquesta de toda expresión cinematográfica a nivel mundial. Unos premios caprichosos y egoístas que empujan la agenda de una autoexpresión del privilegio, oprimiendo las voces de todo disidente cultural que intente representar a alguien que no sea Brad Pitt. 

La industria del cine norteamericano que, a veces queriendo y otras veces por accidental costumbre, instrumentaliza el miedo y la ignorancia, llenándose los bolsillos de dinero y rencor. Un rencor cada vez menos sumiso de aquellos que han tenido que enseñarse a sí mismos a no querer ser lo que nunca fueron. Un rencor aturdido por la necesidad de formar parte del negocio. 

Se sigue arrastrando una manera de ver el mundo que aparta la mirada ante la diversidad

La Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, ese ente estadounidense que no tiene ningún interés en dejar de serlo, quiere dominar la conversación cultural mundial, pero no responsabilizarse de ella. Y, viendo los nominados a los premios este año, la conversación parece comenzar por apagar las voces de las minorías que, a pesar de la resistencia que se encuentran a cada paso, luchan por expresarse más allá de los cánones estéticos de un beligerante colonialismo cultural que parece no tener fin. Ese perenne americanismo que huele a rancio, que huye del reflejo cambiante de un mundo que se atreve a cuestionarse a sí mismo. 

Las cosas no cambian

Pero son los Oscar y, por supuesto, los seguimos viendo, arrancándonos la costra de una herida que nunca terminará de sanar. Habrá vestidos, muchos, y gente famosa haciendo discursos sentidos sobre lo injusta que es la vida y lo mucho que tienen que cambiar las cosas. Pero las cosas no cambian, y los Oscar son un doloroso testimonio de ello. Seguimos arrastrando una manera de ver el mundo que aparta la mirada ante la diversidad, ante todo aquello que no ha cedido a la presión constante que ejerce una industria que hace negocio alimentando un clasismo cultural que nos contamina. Porque somos las historias que vemos y sentimos como nuestras, y la línea editorial del entretenimiento a nivel mundial está diseñada por una élite incuestionable que quiere seguir siéndolo.

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Aunque todos los años nos sentemos delante del televisor con la esperanza de que quizá este sea el año en el que veamos el mundo cambiar, los Oscar acaban desilusionando y, lo que es peor, aburriendo. Porque ya sabemos lo que va a pasar, ya sabemos quién va a ganar y sabemos perfectamente por qué. Los Oscar terminan siendo una fiesta de la mediocridad y la opresión; una feria de las vanidades condenada a morir en el fuego purificador de un futuro que nos espera a todos. A todos, a pesar de algunos. El escenario definitivo de una industria pos-Weinstein que parece empeñada en vivir a la sombra de lo que podría llegar a ser, repitiendo patrones de abusos narrativos, anclada en un mundo que ya no queremos reconocer como nuestro. 

Y, con todo, son los Oscar.