25 may 2020

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La clave

La capital de Islandia, Reykiavik

La globalización también era esto

Carol Álvarez

Eso de que la Justicia se represente culturalmente con una balanza no dice mucho a su favor. Lejos de simbolizar un cálculo justo, ese balanceo de las pesas, esa imprecisión que a veces arrastra el cálculo, liga de forma irremediable la báscula a nuestra humanidad y sus flaquezas.

Uno de los últimos VAR a la Administración de Justicia nos llega de la remota y poco poblada Islandia. Que dos hombres desaparecieran sin dejar rastro con poco tiempo de diferencia en la Islandia de los años 70 quizá fue fortuito, pero el desasosiego que experimentó el pequeño país, sacudido en aquellas fechas por vientos de cambio, se ha convertido en una prueba de laboratorio digna de estudio.

 El caso islandés, convertido en un true crime por el periodista Anthony Adeane en Sombras de Reykjavik y presentado esta semana en la BCNegra, es un ejemplo perfecto de caza de brujas trasplantado a una sociedad moderna, una perversión del sistema que se retroalimentó de sus fragilidades. Como si de una fórmula química se tratara, los elementos se integraron lo suficiente para que seis jóvenes confesaran dos crímenes, sin pruebas y solo con indicios indirectos que apuntaban hacia ellos. Los islandeses vivían en el ojo del huracán en muchos sentidos: tras la independencia de Dinamarca en los años 40, su ingreso en la OTAN atrajo el interés de los estadounidenses, que instalarían una base militar en los 50 con toda la ofensiva cultural que suponía. La guerra fría entre Islandia y el Reino Unido por las codiciadas capturas de bacalao acabaron de demonizar la influencia extranjera. Los seis acusados por las desapariciones eran hijos de esa época convulsa. "Teníamos hippies, música nueva y derechos de la mujer. La nación estaba dividida. Así que nos deshicimos de los hippies y los rebeldes", cuenta una de las fuentes consultadas por el autor en la reconstrucción de lo sucedido. 

No sería hasta el amanecer antisistema de 2011, tras el estallido de la crisis bancaria en el país y la llegada de los indignados a las calles y al mismo Ayuntamiento de Reykjavik, con el humorista Jón Gnarr como alcalde, que se pudo reabrir la herida que evidenciaba el fracaso de la Justicia con aquellos jóvenes.
El caso islandés, en su pequeñez y lejanía, trasciende la anécdota para mostrarnos desde otro ángulo la influencia de la sociedad y hasta el contexto geopolítico en todo tipo de conflictos. La globalización era esto. También el sentido de la oportunidad.

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Y eso se aplica a aquellos primeros chavales que fueron jugados en masa en España por compartir con los amigos las nuevas pastillas de éxtasis que aún no sabían lo que eran y que les suponían años largos de cárcel -luego llegarían los indultos, promovidos por jueces preocupados por el fenómeno-. Las drogas sintéticas fluían por nuestras calles y nadie entendía el alcance real del problema. 
O los cientos de detenidos en las primeras protestas antiglobalización que inauguraron los juicios rápidos en Barcelona. Una prueba de fuego para el control policial de protestas masivas callejeras que colapsó los juzgados. 

De todo se aprende, y de aquello queda la certeza de que la Justicia es una balanza inestable que hemos de mantener firme entre todos, porque está demasiado expuesta a los bandazos de las inclemencias de tiempos revueltos.