Reunión Sánchez-Torra

Diálogo y desengaño

Que ambos presidentes se hayan emplazado a encontrarse próximamente en la mesa de negociación habiendo tantos malos presagios nos habla de la fragilidad del escenario político español y catalán

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Pedro Sánchez y Quim Torra, reunidos en el Palau de la Generalitat, el pasado 6 de febrero.

Pedro Sánchez y Quim Torra, reunidos en el Palau de la Generalitat, el pasado 6 de febrero. / FERRAN NADEU

Hace pocos meses Pedro Sánchez se negaba a conversar con el 'president' de la Generalitat exigiéndole como condición previa una absurda condena de la violencia, una demanda que tenía unas deplorables reminiscencias de los tiempos de la actividad armada de ETA. A Quim Torra no le hacía falta censurar una violencia que nunca ha defendido ni instigado, pero Sánchez lo utilizaba para evitar responderle las llamadas y para marcar paquete ante una derecha encabritada con la que competía electoralmente.

Asimismo, el 'president' Torra había declarado públicamente que el acuerdo entre el PSOE y ERC para la creación de una mesa de negociación de gobierno a gobierno no era vinculante para el Ejecutivo catalán, como si este gobierno solo estuviera formado por miembros del espacio posconvergente y no fuera una coalición con una representación 50 a 50. La portavoz de su partido en Madrid, Laura Borràs, había sido especialmente dura: "No es una muestra de lealtad y de respeto con la mitad del Govern ni con el 'president' Torra".

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El anuncio de una próxima convocatoria de elecciones en Catalunya, con el suspense y la parsimonia propios de una entrega en fascículos, también sacudió las expectativas de diálogo. Torra dijo que antes de poner una fecha concreta a las votaciones quería poner en marcha los mecanismos de deliberación que él mismo había rechazado pocas semanas antes. Entonces, Sánchez aprovechó la situación para desdecirse, argumentando que no tenía sentido encontrarse con un presidente en una situación provisional de interinidad. Donde dije digo, digo Diego.

Frágil equilibrio

El hecho de que esta semana el uno y el otro se acabaran reuniendo y que se hayan emplazado a encontrarse en la mesa de negociación próximamente, habiendo tantos malos presagios para la consumación del encuentro, nos habla de la fragilidad y de los equilibrios que hay en el escenario político español y catalán. Es una cuestión de necesidades: los socialistas necesitan aritméticamente los votos de ERC en el Congreso, mientras que los posconvergentes están pendientes de las encuestas y mirando por el retrovisor.

No podemos prever cuánto tiempo durarán estos equilibrios que mencionábamos y, por tanto, es difícil hacer augurios sobre los éxitos o fracasos de las conversaciones. En este sentido, lo más prudente es ser escéptico, teniendo en cuenta que ni el independentismo dejará de anhelar la independencia ni los socialistas tienen previsto hoy por hoy facilitar el ejercicio del derecho a la autodeterminación, que sería la única, verdadera y definitiva válvula de escape para la tensión que ha ido acumulándose durante todos estos años.

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De momento, la mesa de negociación será una tregua, un periodo de reposo que ya veremos cómo acaba, sabiendo que hasta ahora ha habido una parte del electorado catalán que creía que las cosas podían ser distintas con el PP fuera de la Moncloa. El desengaño de sus expectativas podría suponer, a medio plazo, un crecimiento para el independentismo que le lleve a superar el deseado 50% de los votos.