20 feb 2020

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IDEAS

El escritor Juan Pablo Villalobos, en el 2016.

ALBERT BERTRAN

No estamos solos

Miqui Otero

Juan Pablo Villalobos firma una novela sobre identidad e identitarismo ante posibles invasiones alienígenas y pulsiones racistas

Según reciente descubrimiento, la única forma de viajar en el tiempo con garantías es emigrar.

Si quien lo hace es un mexicano que llega a Barcelona habrá viajado a un futuro de siete horas después. Gracias al cambio de huso horario, habrá dejado atrás el pasado y podrá examinar con nuevos ojos su presente, a ver si se parece o no al futuro que imaginaba. Pero lo bueno llega cuando el viajero del tiempo es, además, un gran escritor. Entonces, drenando sin nostalgia la memoria de los padres y temiendo el mal porvenir de los hijos, sabrá alertarnos de lo que está por llegar.  

El mexicano, y barcelonés desde hace 15 años, Juan Pablo Villalobos es este viajero del tiempo. Y ha escrito una novela sobre identidad e identitarismo en una ciudad rondada por varias invasiones, donde el alienígena puede ser el chino del bazar, Lionel Messi o tú mismo, lector. En 'La invasión del pueblo del espíritu' (Anagrama) se cuece la inminente llegada de nuevos colonizadores. Pueden ser semillas extraterrestres o comerciantes bangladesíes, pero la clave es cómo se percibe su advenimiento. El barrio se organiza para su llegada, con pintadas racistas o rituales ufológicos. Todo su miedo o su etnicismo, todo su melodrama identitario, se podría resolver si pudieran elevarse a una altura sideral: desde allí todos somos ácaros. O si se vieran obligados a emigrar.

Kurt Vonnegut hablaba de un perro lleno de cicatrices: ¿es agresivo porque la gente lo trata a patadas o la gente lo trata a patadas porque es agresivo? Villalobos, que conoce la respuesta, es un Cabeza de Vaca antimperialista y un Gurb antifascista. También es nuestro Vonnegut: detecta lo verdaderamente crucial en el humor de un bar o en lagos subglaciales de lunas remotas. Y su última novela también incluye a un perro moribundo.

Su dueño, Gastón, se siente solo. Como su amigo Max. Como el científico, hijo e hijastro, Pol. Mucha gente sola. Hasta que alguien, en la novela, dice: "No estamos solos". Y, aunque se refiere a la vida en otros planetas, sin duda más inteligente que la nuestra, al lector la frase le parece tan polisémica, tan llena de matices y consuelos, que se le cae el libro al suelo. Y piensa en esos teóricos que defienden que, en realidad, decir "antes" y "ahora" es como decir "aquí" y "allí": las cosas que pasan, las personas que nos dejan, no dejan de existir en otro punto del espaciotiempo, aunque nosotros ya no las veamos o toquemos.

Tampoco dejan de existir en los libros, que, según reciente descubrimiento, son la otra forma posible de viajar en el tiempo, de rescatar lo mejor del pasado y advertirnos de lo peor del futuro. Sobre todo si son libros tan deslumbrantes, políticos y divertidos y bellos, como este.

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