23 oct 2020

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Ritos funerarios

Una imagen del cementerio de Montjuïc, en Barcelona. 

RICARD CUGAT

Un último gesto con el planeta

Juli Capella

Katrin Spade acaba de conseguir que el estado de Washington legalice su propuesta de compostaje con los cuerpos humanos

El tipo de funerales actuales son una insensatez. Que te entierren, una locura, ¿a quién se le ocurre estar toda la eternidad ocupando un trozo de tierra? Si a cada persona que ha vivido durante la humanidad, unos 110.000 millones, le asignásemos cinco metros cuadrados de suelo para su tumba, ya habríamos cubierto la superficie de España. Estar empotrado en un nicho, un agobio. E incinerarte, un despropósito. Un triste gesto tóxico para nuestra despedida, consumiendo energía, lanzando CO2 y contaminando, vaya cutre final. Existe una alternativa lógica y razonable, hacer como todo bicho viviente del planeta, descomponerte naturalmente y volver a generar vida. Convertirte en amapola o encina.

Katrine Spade se licenció en la Universidad de Massachusetts en el 2012 con una tesis sobre cómo morir de mejor forma en las ciudades. Ahora acaba de conseguir que el estado de Washington legalice el próximo mayo su propuesta de compostaje con los cuerpos humanos. Tras un estudio con el Departamento de Antropología Forense de Carolina del Norte, ha comprobado cómo basta el suministro suficiente de oxígeno, agua y carbono –es decir, viento, lluvia y madera–, para obtener un excelente abono en solo 30 días. Sí, incluyendo huesos y dientes, los microbios y bacterias hacen su trabajo con eficiencia, como bien saben los ganaderos cuando se les muere una vaca y la cubren con virutas en el campo.

Desde su empresa Recompose están ofertando esta forma ritual y amistosa de largarte sin estropear más el mundo. Yo creo que es una idea tan lógica y razonable, –y supongo que más económica–, que las mafias funerarias no la van a dejar prosperar, o se la copiarán en monopolio. Pero desde luego me encantaría acabar, por ejemplo, fertilizando el jardín vertical de la avenida de Tarradellas. Eso sí, deberé morirme hacia el 2050, ya sabemos que este tipo de avances sociales tardan siempre en llegar a España. Como dice Spade, “la revolución de la buena muerte ha empezado. Es un momento emocionante para estar vivo”.