04 jun 2020

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Análisis

Pedro Sánchez y Gabriel Rufián conversan en el Congreso.

DAVID CASTRO

La casa de los líos

Cristina Pardo

Este Gobierno ha demostrado una inusual destreza a la hora de meterse en dos tipos de charcos: sus opiniones son volátiles y sus explicaciones son, a menudo, inescrutables. Lo que ha pasado en estos últimos días con el proceso de diálogo que tiene que abrir Pedro Sánchez con los dirigentes independentistas ha sido de aurora boreal. Cuando Quim Torra anunció elecciones en Catalunya, en diferido y en forma de simulación, parecía lógica la reacción del Gobierno de posponer cualquier negociación hasta que hubiera un nuevo 'president'. De hecho, desde la Moncloa, explicaron que con un horizonte electoral, "no se dan las mejores circunstancias para iniciar el diálogo entre gobiernos". Sonaba sensato, aunque conociendo a Pedro Sánchez, tenía también cierto tufillo a estafa, ese que tanto ha utilizado a lo largo de su sorprendente trayectoria política.

Sin embargo, el Ejecutivo se enmendó la plana a sí mismo en tiempo récord. Se reunió Sánchez con Gabriel Rufián en palacio y decidió mantener las mesas de diálogo "para descartar –señalaba el comunicado del Gobierno- cualquier duda respecto a nuestra voluntad de dialogar". Y todo, mientras Quim Torra decía que la temática de la cita tiene que girar en torno a la autodeterminación y la amnistía y la vicepresidenta Carmen Calvo contestaba que no.

Rajoy vs Sánchez

Sinceramente, resulta complicado saber a estas alturas de qué clase de encuentros estamos hablando y qué tipo de limitaciones tiene esa presunta negociación. Con esto quiero decir que, por ejemplo, frente a lo sencillo que era comprender la posición de Mariano Rajoy hacia Catalunya –por muy cuestionable y cuestionada que fuera-, la política de Sánchez con respecto a casi todo es muy poco predecible. Y en la vida pública me parece importante explicarse y, sobre todo, hacerse entender. Si no, la ciudadanía tiende a ser suspicaz, aunque no siempre tenga motivos fundados para ello. Lo mismo ha pasado con la peripecia nocturna del Ministro José Luis Ábalos en el aeropuerto de Barajas amenizando la escala de la vicepresidenta de Venezuela. No puede ser que primero diga que la cita no se produjo, luego que sí, pero que en realidad él iba a ver a otra persona, después que nada, que solo fue a advertirle de que no podía pisar suelo español, más tarde que bueno, que sí, que estuvieron juntos veinticinco minutos, pero que ella no bajó del avión, para terminar admitiendo que no solo salió de la aeronave, sino que estuvieron juntos para despedirse en la sala VIP de la terminal. Al final, la sensación es que todo es verdad, pero también mentira y que detrás de lo ocurrido, no se esconden sino motivaciones inconfesables.

Ver para creer

El día que echó a andar este multitudinario Gobierno de coalición, Sánchez dijo que tendrían "varias voces, pero una misma palabra". De momento, el Presidente tiene más problemas para coaligarse consigo mismo y con su círculo de confianza, que con sus socios de Unidas Podemos. Es verdad que están todavía despegando. Pero, en fin, ver para creer.