14 ago 2020

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Sandokán contra un abusón

Mis héroes

Mis héroes

Rosa Ribas

Cuando era niña el Corsario Negro, Sandokán, Jo... vinieron a ayudarme y me socorrieron desde dentro, donde se quedaron a vivir tras las lecturas

Hace unos días, ordenando libros, me encontré los pocos volúmenes que conservo de la infancia y de la adolescencia. Son cuentos ilustrados y novelas de aventuras y misterio que guardo con mucho cariño y también con agradecimiento. No solo por el placer de la lectura, esas lecturas absorbentes, cuando tenían que llamarte siete veces para que levantases la vista del libro, sino porque a ellos les debo muchos de mis héroes.

Creo que relativamente pronto todos aprendemos, de un modo más o menos brutal, que en las situaciones difíciles rara vez aparecerán héroes reales para defendernos de los malos o salvarnos del peligro. Asimismo, aceptamos, qué remedio, que los héroes de las lecturas solo existen en la ficción. Sin embargo, la ficción es más poderosa de lo que pensamos. Eso sí, a su manera, puesto que, tal vez no cambia el mundo, pero sí a las personas. De modo que los héroes que no encuentras fuera, te socorren desde dentro, donde se han quedado a vivir tras las lecturas. Permítanme un ejemplo personal.

Cuando tendría unos 14 años estuve yendo al colegio fuera de mi ciudad, El Prat, durante un curso escolar; por eso todas las mañanas me tocaba coger el autobús. Dos paradas después de la mía subía un chico que, al verme, nada más entrar en el vehículo, me insultaba a gritos por mis gruesas gafas y mi pelo corto. “Triki”, gritaba. Es el nombre del, hasta ese momento, simpático monstruo de las galletas de Barrio Sésamo. Era su manera de llamarme monstruo, señalándome para que todo el autobús supiera a quién iban dirigidos los insultos. El instinto de supervivencia te hace entender que, si muestras que eso te está doliendo, has perdido y la cosa va a ir a peor, de modo que finges que no te importa, que ignoras que los amigos de este chico se van dando codazos y se ríen también muy fuerte para que te quede claro que eres una persona espantosa. Y también que nadie en el autobús le va a decir a ese tipo que se calle.

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Es en ese momento donde tus héroes vienen a ayudarte. Levantas la barbilla como lo haría el Corsario Negro, intentas que los labios muestren el gesto de desprecio de Sandokán ante las provocaciones de sus enemigos; estás orgullosa de tu pelo corto porque así lo lleva también Jorge, tu personaje favorito de las novelas de los Cinco, y Jo de 'Mujercitas'; te escudas en la actitud flemática de Phileas Fogg, el protagonista de 'La vuelta al mundo en ochenta días'; incluso Hercule Poirot viene en tu auxilio, no solo por su mente brillante, que también, sino porque le importaba un comino lo que los demás pensaran y, sobre todo, dijeran acerca de su aspecto. Ahí estaban todos ellos, como una barrera que lograba que mi ánimo llegase solo levemente magullado al colegio.

Él lo hacía todos los días. Mis héroes aparecían también. Era humillante y doloroso, pero no permitieron que se me notara. Hasta que un día el tipo se cansó. Solo espero que la vida real le haya dado el escarmiento que recibieron los malvados que se enfrentaron a mis héroes en la ficción.