14 ago 2020

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Ventajas y desventajas

Vivir en el campo

MARÍA TITOS

Vivir en el campo

Ángeles González-Sinde

¿Cómo es la vida en el campo realmente? Desde los tiempos remotos aprendimos que convenía no ufanarse de las buenas cosechas, pues tal vez vendría una sequía o una plaga. Preguntes a quien preguntes, el campo no renta

Hace años que arraigó en mí esa fantasía. Tuve hijos y la vida en la gran ciudad se hizo agobiante, incómoda. El sueño de mudarse al campo representaba un día con más horas, distancias más cortas, silencio, paisajes arbolados y un riachuelo al fondo. Me veía entre plantas aromáticas que no necesitan macetas para crecer, caminando por un sendero que se adentra en un bosque oteando los pájaros, los que cantan y también las cigüeñas y rapaces. Me imaginaba encendiendo el ordenador en una cocina con una mesa de madera en el centro. Y sí, viendo pasar cabras y ovejas mientras un tractor hacía su lento camino. Esta semana he pasado tres días en Alcañiz y Belmonte de San José, provincia de Teruel, conociendo y tratando con algunos habitantes desde los de a pie como Antonio Celma, albañil y hombre para todo, a Ignacio Urquizu, el prestigioso alcalde socialista de Alcañiz o nuevos pobladores como una biotecnóloga belga que gracias al teletrabajo pudo asentarse y huir de una vida insulsa en Bruselas.

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Urquizu, sociólogo de profesión, defiende una visión de la vida rural y de la despoblación bastante distinta de la que comunmente damos por buena. Si el mensaje que recibimos es que las personas abandonan el campo por falta de oportunidades, carencia de infraestructuras y servicios, él sostiene que además abandonamos el campo porque ese modo de vida no goza de prestigio, no nos seduce y nos parece que la ciudad ofrece una vida mejor, más atractiva. Lo demuestra con cifras: habla de ciudades como Calatayud a las que la llegada del AVE hizo disminuir en población en lugar de incrementarla. A más facilidad de ir y venir en el día a la gran ciudad, más tentación de desplazarse al pueblo únicamente para cumplir la jornada laboral.

Pero ¿cómo es la vida en el campo realmente? Desde los tiempos remotos en que los homínidos nos hicimos recolectores, aprendimos que convenía no ufanarse de las buenas cosechas pues, tras esta, tal vez vendría una sequía o una plaga. Preguntes a quien preguntes el campo no renta. Esta misma semana los que cultivan el olivar se han manifestado porque el mercado está hundido y de lo que ellos cobran a lo que nosotros pagamos en la tienda media un beneficio que solo se llevan los intermediarios. Quien cultiva el cereal o la fruta te dirá otro tanto. Por no hablar de los ganaderos. Solo callan los de la trufa, nuevo y lucrativo sector estrella en Teruel, pero cuyos detalles son tan oscuros como la propia trufa. Y es que el campo enseña a ser cauteloso y tomarse la vida de otra forma, mirando al cielo, temiendo los temporales como el que asoló Teruel la semana pasada, escudriñando el entorno con desconfianza, por si acaso.

Lugar de libertad

A esto hay que sumar otro aspecto del que se quejan quienes se quejan de los pueblos: el aspecto social, convivencial. Se habla de las envidias, del cainismo, de la vigilancia constante del otro, sus idas y venidas, sus pequeños vicios. La ciudad entonces se ve como lugar de libertad donde se vive entre desconocidos para ser un desconocido más.

Urquizu sostiene que la vida de campo no goza de prestigio. Nos parece que la ciudad ofrece una vida mejor, más atractiva

Sin embargo, puede que ese del anonimato fuera un valor antes, en sociedades fuertemente jerarquizadas y con una moral que penalizaba la mínima desviación de la norma, pero hoy conocer a tus convecinos es una ventaja, casi un regalo, y así te lo confirman quienes se quedaron en los pueblos y cuentan con esa red en la que apoyarse. Es una cuestión de escala. Del mismo modo que no es lo mismo vivir en una pequeña ciudad como Alcañiz (16.000 habitantes) que en Belmonte de San José (113 habitantes), no es igual vivir en un pueblo de niño, de joven, de adulto o de anciano. Urquizu tuvo a sus pequeños en Madrid y ahora constata que la crianza en Alcañiz, su pueblo, es tarea infinitamente más gratificante y sencilla que en la ciudad. Quizá porque ha residido en lugares muy diversos como Boston, Florencia y Madrid, Urquizu sabe detectar las iniciativas que transforman los pueblos incluso en esta provincia con fama de languidecer. Tan cierto es que Teruel existe como que nacen soluciones imaginativas. Las energías renovables, la tecnificación de la agricultura son algunas de las iniciativas que Urquizu desarrolla para Alcañiz. Y por supuesto la apuesta por la cultura como agitador social en una localidad que desde el Renacimiento tuvo un fuerte componente intelectual.

Alcañiz no está sola en este empeño. Urquizu nos habla de la iniciativa 'Apadrina un olivo' que en el pueblo de Oliete ha recuperado ya 8.300 olivos yermos en un modelo de desarrollo rural sostenible de enorme éxito. O Castelserás, un pequeño Syllicon Valley donde se concentra la mayor proporción de empresas de venta 'online' de nuestro país ¡y solo tiene 800 habitantes! La despoblación tiene múltiples causas y los mitos negativos entorno a la vida rural son una de ellas. Empecemos a desmontarlos.