28 feb 2020

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El ’expresident’ de la Generalitat Carles Puigdemont el pasado día 13, en el Parlamento Europeo.

AP / JEAN-FRANÇOIS BADIAS

Los cálculos de Puigdemont

Andreu Claret

Nada de lo que ocurre en la galaxia independentista le es ajeno. Carles Puigdemont sigue siendo el amo. Es el inspirador de la estrategia de Junts per Catalunya donde nadie, ni siquiera Artur Mas, se atreve a discutirle las ocurrencias, es el principal marcador de los movimientos de Esquerra Republicana que le teme más que a un nublado, es el interlocutor privilegiado de la CUP y, por supuesto, es el mentor de Quim Torra, el hombre que puso al frente de la Generalitat. 

La última crisis del independentismo, que ha concluido (por ahora) con el anuncio de una convocatoria electoral tras la aprobación de los presupuestos, lleva su inconfundible sello. Torra era partidario de echar al vicepresidente Pere Aragonès, sin aprobar los presupuestos, lo que hubiese supuesto un coste añadido para un gobierno que cuenta con baja credibilidad entre la ciudadanía. Los dirigentes de Junts per Catalunya que se reunieron con él, en otra noche aciaga del 'procés', para responder a la decisión de Roger Torrent de dejarle sin escaño, se dividían entre romper la baraja o encajar la afrenta con resignación. Desde Waterloo, Puigdemont zanjó el debate con la propuesta que leería al día siguiente el presidente vicario. Primero presupuestos, para que no sea dicho que no se atiende la sanidad pública, y luego elecciones. ¿Cuando? Ya se verá. La propuesta lleva la marca inequívoca de un político que vive del regate corto. Del 'qui dia passa, any empeny', una pócima que le ha permitido hasta ahora la supervivencia.

Puede parecer una propuesta alambicada, incluso surrealista, y lo es, pues deja el gobierno catalán en una situación aún más precaria. En manos de dos socios que competirán a cara de perro, en los próximos meses, por la hegemonía en el espacio nacionalista. Sin embargo, tiene una virtud, que para Puigdemont resulta decisiva: al no existir compromiso con la fecha electoral, todos los escenarios quedan abiertos, al albur de lo que haga Pedro Sánchez en Madrid, de lo que maquine Oriol Junqueras, de lo que decidan los jueces y de lo que determine el Parlamento Europeo sobre su condición. Es una propuesta que no vale para gobernar, pero que más da. Lo importante es que resulta útil para hacer frente a un panorama más incierto que nunca. Añadan a esta incertidumbre la necesidad de buscar un presidenciable de Junts per Catalunya y comprenderán que, para Puigdemont, no era el momento de fijar una fecha para las elecciones. Qui dia passa, any empeny. 

El presidente exiliado ha vuelto a tomar la iniciativa con la intención de desbaratar el acercamiento de ERC con el Gobierno. El día del anuncio de Torra, el 'expresident' publicó un tuit enigmático asegurando que "hay decisiones que necesitan perspectiva para entenderse". Fue leído por el mundo independentista lo como un "tranquilos, chicos, yo sé lo que hago". Una apelación a la fe que le ha dado réditos entre quienes creen que su huida al extranjero fue una hábil maniobra política. A los pocos días, Puigdemont acogió con regocijo el inexplicable anuncio de la Moncloa aplazando la reunión de la Mesa de negociación, y de no ser por la rapidez con que Gabriel Rufian hizo cambiar de opinión a Pedro Sánchez, lo hubiera utilizado para destripar a ERC. Habrá pues reunión de Torra con Sánchez, que el expresidente catalán utilizará para denunciar que el PSOE no quiere hablar de autodeterminación, habrá una primera reunión de la Mesa que utilizará para desacreditar las falsas ilusiones del diálogo que propugna Esquerra, y habrá mitin de los grandes en Perpiñà, el 29 de febrero, donde abrirá con ventaja la campaña electoral. Todo a su favor.

¿Todo? Esta por ver. Puigdemont ha cosechado algunas victorias sonadas empezando por la que le permite sentarse hoy en el Parlamento Europeo. Sin embargo, aunque sus éxitos jurídicos han puesto en un brete a la justicia española, lo cierto es que no han estado acompañadas de victorias políticas. Ni en Catalunya, ni en Europa. Según sus cálculos, cree que puede conseguir que la suma de votos de los partidos independentistas llegue, o incluso, rebase el 50%, pero le será difícil evitar que la otra suma en la que sueña Junqueras (ERC+PSC+Comuns) obtenga una mayoría en escaños en el Parlament. Solo sería posible si Junts per Catalunya sacara los resultados de las mejores épocas, a expensas de Esquerra. Y nada permite pensar que esto vaya a ocurrir, al ver la desmovilización que aqueja un mundo posconvergente que todavía no ha digerido las revelaciones del mayor Josep Lluís Trapero.