01 jun 2020

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IDEAS

Señales del fin del mundo

AP / EVAN VUCCI

Señales del fin del mundo

Jordi Puntí

Un conocido mío sigue creyendo, medio en broma y medio no, en el Efecto 2000. ¿Se acuerdan? Veinte años después, él piensa que el 1 de enero del 2000 —¿o era en 2001?— el mundo entró en una espiral de destrucción que avanza gracias a la informática oscura y la barbarie humana. Durante años, después de aquel primer día en que no pasó nada, mientras todos usábamos nuestros relojes digitales, mi conocido mantuvo sus convicciones latentes y las reanimaba con cada señal: el ataque a las Torres Gemelas, el volcán Eyjafjalla, Fukushima, las esculturas derribadas de Palmira... Ahora, sin embargo, ha despertado definitivamente y está convencido de que la emergencia climática, la llegada de los sátrapas al poder mundial —Trump, Putin, Duterte, Bolsonaro, Erdogan y tantos otros—, o la economía de los ricos más ricos y los pobres más pobres, son solo avisos, estaciones en el camino del apocalipsis final. Puede que tenga algo de razón, pero yo lo escucho y pienso en lo armonioso que resulta el mundo de los paranoicos. Todo cuadra, y entonces pienso en el título de esa excelente novela de Yuri Herrera, 'Señales que precederán al fin del mundo', con sus paisajes mexicanos desolados y la soledad de la protagonista que busca un hermano en medio de un aparente cataclismo, aunque aquello que ve tal vez es la realidad y nada más, sin dramas sobrevenidos, mientras su vida deviene en una metáfora del futuro.

Todo cuadra en el armonioso mundo de los paranoicos

Hay una escala humana y hay una escala heroica, que nos invita a creer que los dioses juegan con nosotros. Para no parecer paranoicos, aislamos los hechos, nos preocupamos sobre todo de lo que nos rodea. De pequeño, en mi pueblo, había un hombre enclenque al que llamaban Quim Volador. "Siempre lleva piedras en los bolsillos", se decía, "porque es tan pequeño que una vez el viento se lo llevó". Yo me reía y pensaba que era broma. Estos días, en plena tormenta 'Gloria', supe de dos casos de personas voladoras. Una amiga iba por la calle con el paraguas y, de repente, una racha de viento la levantó del suelo un metro y la dejó caer de nuevo. "Exactamente como Mary Poppins", decía, cuando contaba cómo se había roto el codo.