24 sep 2020

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Dos miradas

El río Onyar, en Girona.

JOAN CASTRO

Música de los ríos

Josep Maria Fonalleras

Vivo en una ciudad que tiene la memoria del agua, de la devastación causada por las inundaciones

Vivo en una ciudad que tiene la memoria del agua, de la devastación causada por las inundaciones. Tiene cuatro ríos. Hay dos que casi no lo parecen. Uno de estos es, de manera habitual, un torrente seco, y el otro, después de una canalización, tiene el aire de un arroyo domesticado. El tercero, que pasa por el barrio antiguo, no lleva demasiada agua y es turbia. El cauce del río es un arenal visible y por los bordes, de cemento, pasean hombres y perros. El cuarto, más caudaloso, hace tiempo que dejó de ser un río imponente, porque hay embalses que engullen su antigua furia.

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Cuatro ríos que conforman no solo la geografía sino una manera de ser. Están presentes, pero apenas te das cuenta porque no hacen ruido. Mudos del todo o silentes, dormitan. A veces, como ocurrió hace una semana, despiertan y generan un sonido que ya es desconocido para muchos. Una música persistente, monótona, un ruido incesante que se junta a los sonidos cotidianos y que los supera en decibelios y en profundidad. Por la novedad, por la robustez, sin alaridos. Solo la tozudez de un bajo continuo: la naturaleza que atrae y aterroriza. Y también un silencio ciudadano, a medio camino de la admiración y el miedo.