05 jun 2020

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El PP y el metro de València

Álvaro Pérez, ’el Bigotes’ (izquierda), en un mitin del PP en València con Camps, Costa, Rajoy y Rita Barberá

MIGUEL LORENZO

'Grupo salvaje'

Antonio Franco

Únicamente ha sido posible desbloquear las tinieblas en torno al accidente del metro de València cediendo un pacto: que los responsables no vayan a la cárcel a pesar de los 43 muertos

Hace poco volví a ver 'Grupo salvaje', de Sam Peckinpah. Explica que si unas cuantas personas decididas trabajan coordinadamente y se distribuyen las tareas -unos hacen, otros borran las trazas- pueden conseguir lo que quieran. Solemos sobrevalorar lo extranjero cuando aquí a veces las cosas se hacen con más eficacia. Pienso en València, en la investigación del 2006 sobre el descarrilamiento del metro que costó 43 vidas. El conjunto de autoridades que coincidían allí efectuaron un trabajo tan intenso que en solo cuatro días ofrecieron la verdad oficial de lo sucedido: todo fue culpa del conductor, todo, pues la infraestructura estaba bien hecha.

Gente de orden

Recuerdo quiénes eran los próceres, muchos de ellos discípulos en todo del gran Eduardo Zaplana. Se llamaban Francisco Camps, Rita Barberá, Vicente Rambla, Ricardito Costa, Milagrosa Martínez, Rafael Blasco y un joven Juan Cotino. Estaban muy compenetrados y eran complementarios, unos encima de los expertos que investigaban en el túnel, otros supervisando el papeleo y los pasillos municipales, aquellos fabricando un buen relato para que lo divulgase su Canal 9,  y casi todos ayudando a atar cabos a la justicia. Formaban un conjunto compacto y poderoso de eso que antes se llamaba "gente de orden". Eran contundentes y seguros, llegaban a todo, sabían, tenían los contactos idóneos. De hecho, de casi todos ellos, que llegaron a ricoshemos tenido después noticias relevantes.

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Con aquella verdad oficial, el siniestro quedó atado y bien atado. Los discrepantes, los que denunciaban que el metro estaba mal construido y que lo sucedido había sido previsible y evitable, incluso fueron rodeados de una sutil aureola de enmerdadores quejicas e interesados en sacarle jugo a la sangre. Sus protestas no sirvieron de nada porque se había hecho rápidamente mucha tarea fina, y la causa disconforme fue archivada hasta tres veces.

Ahora, trece años después, hemos sabido que en realidad las autoridades habían contado un cuento, la verdad ha emergido y algunos de los que hicieron mal el túnel y la obra lo han reconocido abiertamente: no toda la culpa fue del conductor. Con ello se ha puesto punto final a las mentiras, a las pruebas técnicas estúpidamente rechazadas y a las acusaciones de compra de silencios con empleos... Pero no se tomen la molestia de aplaudir, porque los efectos del trabajo fino han llegado hasta este mismo final. Únicamente ha sido posible desbloquear las tinieblas cediendo un pacto: que los responsables no vayan a la cárcel a pesar de los 43 muertos. Y una amnesia complementaria: que el contundente diagnóstico hecho a los cuatro días no lo pague nadie. Cuesta entenderlo, cuesta aceptarlo. En las películas, los finales a veces son más satisfactorios, la justicia se parece más a la justicia en la que creemos y los miembros de los grupos responden uno a uno sobre lo que hicieron en el momento de la verdad.